Memorables XLVI: Notting Hill

Forjado en la televisión, a menudo asociado a Rowan Atkinson, Richard Curtis, a mediados de los 90, saltó a la fama con su guión de “Cuatro bodas y un funeral”, al que le siguieron, no por ese orden, la escritura y dirección de “Love actually” y el argumento de “Notting Hill”. Curtis revolucionó la comedia romántica a la inglesa.

“Notting Hill”, de manera contraria a “Pretty Woman”, cuenta una especie de cuento de Cenicienta, sólo que aquí es un humilde dueño de una librería el que se enamora de una princesa, en este caso una megaestrella de Hollywood. La inopinada historia triunfa sin duda gracias al buen hacer de Hugh Grant y Julia Roberts.

Todo es hermoso y optimista en “Notting Hill”. Como suele hacer en sus guiones, Curtis construye una tupida y espléndida red de variopintos secundarios –encarnados por los siempre impecables actores británicos– que ayudan a crear ambiente y, sobre todo, a dar los mejores golpes de humor. En este caso concreto, destaca enormemente el trabajo de Rhys Ifans como el extravagante Spike.

Pero si “Notting Hill”, a pesar de la crítica, ha pasado a la posteridad es gracias a su historia de amor. Imposible, por eso encantadora. Grant enamora a Roberts, y el espectador termina creyendo en ello, mientras ríe –como en el encuentro de la prensa de los actores de una gran producción de Hollywood, donde Grant se hace pasar por un periodista especializado en caza– o se emociona –como en la famosa escena de “Sólo soy una chica, delante de un chico, pidiéndole que la quiera”–.

Aparte, en “Notting Hill” hay una profunda reflexión sobre el ser humano contemporáneo, una áspera crítica contra el mundo del cine y los medios de comunicación, sobre la idolatría en que caemos ante las estrellas del celuloide, un complejo acercamiento al alma humana, que intenta sobrevivir desde el triunfo o desde el fracaso.

Mi escena favorita de “Notting Hill” es la del paseo de Hugh Grant por la famosa calle al ritmo de “Ain´t no sunshine when she´s gone”. En un remedo de plano secuencia, el paso del tiempo muestra a un atribulado protagonisya que parece haberlo perdido todo, magnífico preludio hacia el tercer acto y clímax de esta memorable romanticomedia.