Cuando todos los locos son tontos

Hacia 1599 William Shakespeare estrenó “Como gustéis”, una comedia aparentemente insustancial, dirigida a ese público que manda, gusta y elige. A pesar de ser una de sus obras más representadas, tan solo un par de monólogos y la presencia de la rutilante Rosalinda –que, junto Cleopatra y Lady Macbeth, forma parte de la Tríada Sespiriana de mujeres inmortales– la convierten en otra obra genial del bardo de Stratford-upon-Avon.

En un momento de la obra, el cargante Touchstone afirman que “es gran lástima que los locos no puedan hablar sensatamente de las locuras de las gentes sensatas”. Cita que, si no fuese imposible, parece semilla del famoso “loco” Don Quijote de La Mancha, que nacería tan solo 6 años más tarde.

Ciertamente, en estos tiempos que corren, aparte de la necesidad de reír ante el infortunio general, parece que la única solución sensata sería la de dar la voz a los locos para que nos saquen de nuestro abotargamiento mental: Europa continúa mirándose el ombligo mientras no funcionan sus sistemas político, económico y financiero, y la sociedad anda confundida entre resignación deshumanizada, gritos de indignación vacua y alaridos de sálvese quien pueda.

Necesitamos locos que remuevan conciencias. Orates como Voltaire, que daba gritos en el desierto criticando los desmanes de su época; como Hume, que bien vendría para desmitificar la tiranía cultural del cientifismo que sufrimos; como Schopenhauer, que nos recordó la trágica esencia del ser humano; como Sócrates, que dio su vida por dar una lección ética y cívica. Necesitamos a aquellos locos de nuestro pasado que soñaron con un mundo que nada tiene que ver con el que padecemos.

Porque, ciertamente, ahora hay más paz y prosperidad, en general podemos decir que el individuo es más libre que hace un siglo –aunque Stefan Zweig no estaría de acuerdo–, que vivimos mejor que nuestros antepasados. Pero aquellos locos, pobres, creían que todo el edificio de una Nación moderna, de una sociedad auténticamente libre, debía sustentarse sobre un sistema educativo que naciese auténticos ciudadanos capaces de reflexionar, dialogar, criticar y construir.

El gran fracaso de Occidente, causa primordial de la crisis económica, social y política –aunque, a mi entender, sobre todo moral– que vivimos, es que se ha construido a partir de sistemas educativos que forman miembros de un rebaño, nunca individuos de una sociedad. Uniformizando por abajo, eliminando la excelencia al eliminar las élites académicas, aparcando las humanidades en aras de los ídolos científicos, la pedagogía contemporánea no exige nada al estudiante, que así nace más dado a la molicie exigente con el prójimo que al “conócete a ti mismo” necesario para mirar con objetividad y tolerancia a lo circundante.

Por eso, aún es posible que muchos bancos actúen como los viejos bandoleros de Sierra Morena, que nuestro sistema judicial sea de chiste y creador de una tremebunda inseguridad jurídica, que nuestros políticos sean dignos de un frenopático en lugar de aptos para el responsable ejercicio del gobierno, que cualquiera –sindicatos, patronales, partidos, asambleas callejeras…– pueda apropiarse de la voluntad general con completo despotismo y, casi siempre, total ilegitimidad.

Tan mal está nuestro bagaje intelectual que, cuando por fin la sociedad ha reaccionado, lo ha hecho mediante movimientos de indignados que conocen su rabia pero son incapaces de articular peticiones concretas y lógicas –realistas– y por eso se limitan a exigir principios loables mas demasiado generales y a confundir la democracia directa con la nacionalización de la banca, el derecho a protestar con el delito de perturbación del orden público, el consenso con el derecho a pensar de manera diferente.

Pocos años después de “Como gustéis”, Shakespeare, otro viejo loco, dio al Bufón de “El rey Lear” otra frase memorable: “Malos tiempos cuando los locos guían a los ciegos”. A diferencia de Touchstone, el fiel amigo de Lear se refería a unos locos diferentes, con mucho menos ingenio, con más ganas de enredar que de deshacer entuertos y combatir injusticias. Lo primero que debería comenzar a enseñarse en escuelas e institutos es que hasta en la locura hay clases. Quizás así podríamos comenzar a distinguir entre quijotes y tartufos, entre cándidos y bufones, entre capaces e incapaces.

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