Memorables XXXIX: Los puentes de Madison

Hace unas semanas, uno de los nuevos santones de la intelectualidad española afirmaba que Clint Eastwood era un director mediocre. Sus razones tendrá. Pero el genial realizador norteamericano es un genio asombroso, capaz de tocar todos los géneros con virtuosismo, como, por ejemplo, “Los puentes de Madison”, filme romántico de poderosísimas escenas y final desolador.

Eastwood, en “Los puentes de Madison”, triunfó a pesar de su arriesgada apuesta: Meryl Streep, la gélida actriz de cualidades camaleónicas, y él mismo, el duro entre los duros, como pareja entregada a una pasión imposible, a un amor puro, intenso, mágico, que tiene que terminar con ellos desechos de dolor, sentimiento que, ambos, encarnan a la perfección.

El filme, desde el principio hasta el final, es estremecedor. Los hijos de ella descubren su confesión. Y, a partir de flashbacks –los manuales de guiones reniegan de ellos– se nos cuenta la emotiva historia de amor.

Toda ella es deliciosa, pero supera cualquier límite cuando los dos comparten pantalla: las escenas del puente, de la camioneta, del baile, de él confesando “No quiero necesitarte… porque no puedo tenerte”… son dignas, por intensidad, de cualquier antología.

Pero el final, con él bajo la lluvia, la mirada anhelante mas desesperada, ella destrozada porque ha optado por su familia, es abrumador. Si hubiese un récord para las lágrimas…

Clint Eastwood es un genio, a la altura de Ford o Lubitsch. Sólo se puede sentir lástima por los que no lo saben apreciar en su justa medida.