Aub desaparecido

Aunque se exiliase durante la Guerra Civil, las novelas de Max Aub posteriores a 1939 retratan magníficamente las Españas que él conoció: la de la dictadura de Primo de Rivera, la de la II República y la de la Guerra Civil. En este conflicto se encuadra su obra maestra, “El laberinto mágico”, que intuyo un alarde de innovaciones narrativas e idiomáticas que disfrazan la crudeza de la guerra, la nostalgia del exiliado y el dolor crónico del español.

Si entras en la web de Amazon, podrás comprar “El laberinto mágico” en francés. En español solo hay una edición de “Campo francés” –uno de los seis tomos que componen el ciclo–. La razón es que su retrato de España no deja bien a ningún bando, es terriblemente incómodo para todos y, sin pertenecer, en España nunca serás nadie.

Afortunadamente, hace un año el extinto diario “Público” regaló –dentro de su mal programada colección de libros de izquierdas– una edición de “Campo de sangre”, segunda entrega de la serie, un magnífico retrato de la Barcelona de la guerra a partir de muchos personajes que, al modo fragmentario ideado por John Dos Passos, conforman un todo donde el ser humano consigue, a duras penas, continuar amando, bebiendo, comiendo, fornicando, fumando… “Campo de sangre”, cargado de crítica sociopolítica contra España entera, aparece camuflada de novela costumbrista.

En la novela, Aub hace decir a uno de sus personajes que “La bolsa o la vida es un galicismo; lo nuestro, la bolsa y la vida”. Ninguna cita resume tan bien la realidad de nuestros sindicatos que, viviendo a costa de lo público y sirviendo a sus propios intereses –a la postre, UGT y CCOO son dos grandes empresas– campan a sus anchas con huelgas, manifestaciones y reivindicaciones mientras nadie se atreve a regular el derecho a la huelga para que esta deje de ser un sistemático medio de coacción al ciudadano corriente.

Tanto disfruté con “Campo de sangre” que inmediatamente comencé “Las buenas intenciones”, intensa novela de amor y desencuentro ambientada en la España que (no) fue desde Primo de Rivera a la guerra. El retrato de Aub es desolador, amargo, una acumulación de excesos, abusos y deshonestidades en torno a unos personajes sencillos que, tan solo, intentan sobrevivir en un ambiente opresivo y laminador.

En el siglo XX, sólo Baroja y el primer Cela retrataron tan bien la sociedad española. Max Aub tuvo el mérito añadido de escribir tan solo desde el recuerdo. España ha olvidado a Max Aub, hasta el punto que es casi imposible leerle. Por si fuera poco, “celebramos” huelgas que ningún escritor estará dispuesto a analizar ni retratar. Hemos mejorado en muchos aspectos; en otros hemos ido a peor; pero la molicie intelectual y la doblez moral siguen siendo nuestras principales señas de identidad.

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