Memorables XXXVIII: La fiera de mi niña

Hubo un tiempo en que el cine era pura fiesta oculta tras el enorme esfuerzo de un sinnúmero de grandísimos profesionales. Como la absurda “La fiera de mi niña”, espléndida comedia que, empero, fracasó en taquilla y provocó que despidieran a Howard Hawks. Era 1938 e iban a llegar tiempos peores.

“La fiera de mi niña” no tiene sentido, ni lo busca. Una mujer insoportable –deliciosa gracias a Katharine Hepburn– acosa a un estrafalario paleontólogo. En torno a ellos, una tía neurasténica, un experto cazador que imita voces de animales, un perro, un hueso de dinosaurio, un leopardo, dos leopardos, un borracho, unos policías incrédulos, una canción que se repite sin cesar en una peli sin banda sonora… el absurdo por el absurdo, la risa en estado puro.

El filme puede parecer caótico, pero es un perfecto ejercicio narrativo logrado por los guionistas Dudley Nichols y Hagar Wilde e impecablemente trasladado a la pantalla por Howard Hawks, capaz de hacer verosímil y divertido cualquier proyecto.

La Hepburn, que nunca antes había hecho comedia, recibió lecciones de los mejores cómicos. Cary Grant nunca las tuvo consigo cuando se trataba de rodar junto al leopardo. El elenco en pleno, con actores del cine mudo –como el jardinero–, trabajó duramente para hacer en serio una de las mejores comedias de la historia. Y es que, aunque digan lo contrario, es mucho más difícil hacer reír que llorar.

“La fiera de mi niña” fracasó en taquilla. Quizás el mundo ya no estaba preparado para una película cómica a la antigua. La cuestión es que, desde el primer fotograma, es una comedia pura, blanca, que combina una espléndida sucesión de gags memorables. El más recordado, seguramente el de Cary Grant y Katharine Hepburn, el frac y la falda rotos, marchando apresuradamente camino de la salida de un elegante restaurante.