Secundarios de cine I: Thomas Mitchell

El cine necesita de grandes secundarios. Sólo si los actores que acompañan a las estrellas son mínimamente creíbles se creará una atmósfera realista necesaria para que surja la magia. Por ejemplo, sin Lee Marvin no habría existido “El hombre que mató a Liberty Valance”. O, en “La diligencia”, son esenciales los personajes de reparto, entre los que destaca la figura de Doc Boone, encarnada por el genial Thomas Mitchell.

Mitchell ganó un Oscar por el papel. Sobre todo por la secuencia del parto, donde el borracho, a golpe de café y paseos, recupera la sobriedad para traer a un niño al mundo y reconciliarse consigo mismo. Ese “pequeño” papel contribuye a que nos encontremos ante una de las mejores películas de siempre.

Mitchell comenzó en el teatro. No sólo como actor. Escribió numerosos libretos que se encargó de llevar a las tablas. Su paso definitivo al cine no llegó hasta los años 30, cuando se convirtió en una fijo en películas de John Ford, Frank Capra y demás directores de la Edad de Oro.

Aparte de su fabuloso papel de alcohólico doctor –que creó un tópico del western–, Mitchell es recordado por ser el patriarca de los O´Hara en “Lo que el viento se llevó” –primero pletórico, orgulloso; luego, ido, perdido, derrotado como el Sur – y por cometer el error que casi lleva al suicidio a James Stewart en “¡Qué bello es vivir!”. Sin él, esas dos joyas perderían enteros.

Su filmografía, de alrededor de 70 películas, se completa con innumerables papeles en la primera televisión. Thomas Mitchell es tan solo uno más de los innumerables secundarios que han hecho del cine ese mundo tan mágico con el que algunos aprendimos a soñar. Gracias a él, y a otros de los que iremos hablando, los John Wayne, Clark Gable, James Stewart y demás mitos han llegado al Parnaso. ¿Dónde reposa la memoria de los secundarios?