Memorables XXVIII: Desayuno con diamantes

Ya que estábamos con Audrey Hepburn, continuemos. Una de sus películas más mágicas es “Desayuno con diamantes”, un dramón disfrazado de comedia gracias al buen hacer del director Blake Edwards y el guionista George Axelrod, que convirtió la novella de Truman Capote en un optimista canto al amor que sobrevive al fragor de la Gran Manzana.

Como en la historia original, un aspirante a escritor se muda a vivir encima de una chica frágil que vive a costa de los hombres. Pero, y ese es el giro maestro del filme, ahora es un heterosexual que a su vez vive de una mujer madura. Así, dos personas que se venden, física y espiritualmente, recuperan la inocencia perdida para embarcarse en el quizás más delicioso de los finales imposibles de Hollywood.

Dentro de toda la producción, la luz de Audrey Hepburn deslumbra con un personaje único: Holly Golightly, nombre figurado, es una mujer que reniega de sí misma y que cambia según sople el viento porque no quiere depender de nadie. Hasta ese final completamente insostenible que, sin embargo, conquista y enternece al público.

Son innumerables las escenas memorables de “Desayuno con diamantes”, comenzando por la jarana homérica donde Edwards consiguió que los actores se emborrachasen de veras y acabando por el infantil robo de dos máscaras, pasando por el encantador mundo de Tiffany´s. En este filme hasta el excesivo Mickey Rooney tiene su gracia.

Entre los 115 minutos de metraje, empero, sobresale una escena. George Peppard se asoma a la ventana. Abajo, en la escalera de incendios, Holly canta “Moon river”, la mágica tonadilla de Henry Mancini que sostiene todo el filme. Ni la voz de Audrey Hepburn consigue deslucir la canción. Entonces, cuando termina, ella mira hacia arriba… y sonríe… consiguiendo que el mundo, una y otra vez, se detenga a observar la belleza esencial. Antológica escena.