Sobre la nueva educación

A nuevo Gobierno, los problemas de siempre, sólo que agravados. En este entorno de cambio, la educación es otro tema que, oculto tras los asuntos económicos, queda un tanto al margen aunque muchos seamos conscientes de que es uno de los pilares sobre los que se debe sustentar un sistema mínimamente democrático.

A la espera de que se concreten las líneas maestras que va a seguir el nuevo Ejecutivo, hasta ahora se ha oído hablar de la necesidad de potenciar la Formación Profesional, de recuperar la excelencia de nuestras universidades –un oxímoron si se tiene en cuenta su número– y de una posible ampliación del Bachillerato a tres cursos a costa de uno de la Educación Secundaria Obligatoria, que así pasaría de cuatro a tener también tres.

En el fondo, todo son zarandajas. Que nuestra universidad sea de un nivel pasmosamente bajo, que la ESO sea un mero trámite hasta el Bachillerato, a su vez otro molesto trámite que sirve únicamente como preparación para Selectividad son tan solo síntomas de la enfermedad global del sistema educativo español, que viene afectado por las peores vertientes de todas las teorías psicopedagógicas que en el mundo han sido. En España la Educación es pésima aunque se insista en que las nuevas generaciones son “las mejor preparadas de la Historia”.

Como ya he citado en esta columna en innumerables ocasiones, el gran problema de nuestro sistema educativo es su permisividad en todos los ámbitos: los contenidos son escasos, los modelos para oligofrénicos, el rigor para invertebrados y la excelencia algo proscrito en aras de la igualdad por abajo. El principio motor de todo el edificio consiste en que el alumno, independientemente de quien sea y de lo que aprenda, pase indefectiblemente de curso con las calificaciones suficientemente maquilladas para dar buena imagen ante los padres.

Los resultados se ven diariamente en cualquier curso de la educación escolar o universitaria. Numerosos profesores universitarios mencionan la enorme cantidad de alumnos que tienen problemas serios para escribir sin errores no ya ortográficos sino gramaticales. Después puede descubrirse de que el sujeto en cuestión estuvo cerca del sobresaliente en Selectividad. Al comenzar la ESO, es habitual encontrarse con muchísimos estudiantes que no saben enfrentarse a una suma sencilla de dos fracciones. Casi ninguno sabe decir nada concreto, no ya profundo, sobre Carlos I y es una rara avis el que consigue descifrar el más sencillo de los sonetos de Góngora, si es que alguno ha leído.

El sistema educativo español hace aguas. No solo en la financiación de lo público, que también. Con este modelo enemigo del mérito y de la excelencia, el principal problema –también me repito en esto– no es tanto el del fracaso escolar –cuyos índices, a pesar del bajísimo nivel de estudios, son los más altos de Europa– como el del éxito, pues muy pocos estudiantes sobresalientes tienen una auténtica formación cultural, científica y humanística –generalmente gracias al ámbito familiar más que al escolar–. Pero, como lo ignoran todo sin saberlo, a cambio tienen una gran arrogancia y se creen que lo saben todo. De Sócrates, claro, apenas un par de líneas lanzadas por algún despistado profesor de Bachillerato.

De nada sirve que sean tres, dos o cuatro años de Bachillerato. Nada importa que haya tres, cuatro o cinco de ESO. La duración de Primaria podía extenderse hasta los quince años sin consecuencia ninguna. Más que necesario, es perentorio que cambien los principios sobre los que se sostiene nuestra Educación. Además de ampliar y complicar considerablemente los planes de estudios –más Humanidades, por favor–, hay que recuperar los valores del esfuerzo, el rigor, el mérito y la excelencia como los supremos del sistema. Cualquier otra medida que se tome sin cambiar eso no servirá absolutamente de nada.

P.S.: Ya de paso, más FP y menos universitarios. La Universidad, por definición, es un concepto elitista. Si se mantiene lo actual, nunca será nada semejante a la de Inglaterra o Estados Unidos. Sólo deben cursar estudios superiores gratuitos los mejores; todos los mejores, sin excepción. Así la universidad pública conseguirá superar a la privada en calidad y prestigio.

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