Mitos de veras XVII: Audrey Hepburn

Hija de una baronesa y un banquero, Audrey Hepburn, a pesar de su frágil aspecto –para unos consecuencia de las privaciones durante la Segunda Guerra Mundial; para otros, fruto de una promesa que se hizo a sí misma de nunca superar las 103 libras de peso–, fue una de las imágenes más sólidas del cine de los años 50 y 60.

Aquella era una época diferente del cine. La 2ª Hepburn, durante su plenitud, estuvo tan unida al séptimo arte como a Givenchy, es decir, al glamour. Pero si sigue siendo una inmortal del nuevo Olimpo es gracias a su delicada presencia en algunos títulos inolvidables, comenzando con su primer gran triunfo, “Vacaciones en Roma”, que le valió su único Oscar.

Luego llegaron “Sabrina”, donde devoró a bocados al mismísimo Bogart, “Una cara con Ángel” y “Ariane”, donde hizo lo mismo con, respectivamente, Fred Astaire y Gary Cooper, “Historia de una monja”, “Charada” o “Dos en la carretera”, magníficas películas que revisitar un sinfín de ocasiones.

Quizás los dos papeles más recordados de Audrey Hepburn sean los de “Desayuno con diamantes” y “My Fair Lady”. Como Holly Golightly humanizó a la fulana de Truman Capote para convertirla en una dulce muchacha perdida y aparentemente indefensa. Como Eliza Doolittle –da igual que ella no cantara en los números musicales– superó al personaje de George Bernard Shaw para convertirse en la perfecta cenicienta que se convierte en la más elegante de las damas.

Audrey Hepburn se convirtió en un icono gracias a su esbeltez, quizás enfermiza, unida a una de las caras más deliciosas de la historia del cine. Nunca fue Ava Gardner o Marilyn Monroe, pero no le hizo falta para conquistar al público de ambos sexos. Su presencia, paradójicamente, era tan grande que, sin ser una gran actriz, compartió pantalla con los más grandes y salió siempre triunfante. Una estrella de las que ya no nacen.