Misión imposible

Estas fiestas invitan, incluso a los espíritus más pusilánimes, a enfrentarse a propósitos terriblemente arduos. La esperanza que acompaña a la Navidad nos permite recuperar el optimismo incluso durante esta crisis económica, política y ética. Ciertamente, si Almodóvar puede volver a encandilar a los críticos de medio mundo y a estar nominado para innumerables premios allende los mares con una película como La piel que habito, podemos considerar que nada es imposible. El cine cumple de nuevo con su misión de fábrica de sueños.

El fin de semana pasado se estrenó otra Misión imposible, en este caso según la estela, criterio y megalómana voluntad de Tom Cruise, y ya parece que comienza a golpear fuerte en taquilla –aunque, en Estados Unidos, no tanto como la segunda parte del Sherlock Holmes que encarna Robert Downey Jr.– a pesar de que los cimientos sobre los que se construye la película son poco sólidos.

Misión imposible: Protocolo fantasma recupera al agente Ethan Hunt para hacer mil piruetas y, entre persecuciones, vuelos y explosiones, entretener al respetable como mucha acción y poco contenido. El filme, paradójicamente, no concluye con un clímax lleno de aventuras, sino que termina con una escena de recogimiento personal y familiar de un personaje tan endeble como vacuo. Se supone que uno tiene que recordar lo que pasó en las anteriores entregas de esta serie de filmes a la que le falta mucho para convertirse en una auténtica saga.

Con 140 millones de dólares de presupuesto, la nueva producción Tom Cruise –que, ya que ejecuta, se monta un glorioso monumento a sí mismo– es una de las apuestas más comerciales de la temporada. El problema es que, como la segunda y la tercera parte, uno se pregunta qué ha sido de aquello de construir personajes sólidos para contar historias con gran interés dramático. Efectos especiales, especialistas, tiros, explosiones, peleas, etc. hay a porrillo. Pero según termina la proyección uno no puede evitar pensar que el edificio de Cruise está tan vacío como el de Almodóvar.

Pero “Misión imposible” atrae al público a las salas como Almodóvar atrae a críticos y premios. Nada resulta inaccesible en el mundo de la cinematografía. La duda queda en si, como si fuera un episodio más de la eterna saga de Harry Potter, es resultado de la magia del “todo es posible bajo el cielo”, o si la cosa se reduce a algo tan prosaico como la gran cantidad de buenas relaciones que tienen tanto el norteamericano como el manchego. Sus películas de los últimos tiempos son decepcionantes, inocuas, pesadísimas. Pero eso no parece influir en los demás elementos de la ecuación. El mundo sigue exactamente igual que hace diez o quince años. Algo aparentemente imposible.

La gran diferencia entre los dos es que Tom Cruise sufraga sus proyectos sin ninguna ayuda estatal, mientras Almodóvar, sin necesitarlo, continúa recibiendo subvenciones del Estado español y de varias autonomías –incluyendo Galicia, que dos escenas se rodaron allá–. Ahora que tenemos nuevo presidente del Gobierno, quizás debería fichar a Cruise y Almodóvar para que le explicasen cómo superar cualquier misión imposible. De momento, se ahorraría la subvención de un nuevo filme –que nos ahorraría a todos–, una partida presupuestaria que quizás no sea necesaria para el futuro de España. Si Tom Cruise es capaz de resucitar la Guerra Fría en una película, nuestro país puede dejar de ser una misión imposible.