Memorables XXVII: La quimera del oro

Como suele ocurrir con los grandes genios, la vida de Charles Chaplin está llena de sombras. Menos se pueden atisbar en su obra. Este director, guionista, montador, productor y compositor era un trabajador infatigable que obligaba a los demás a trabajar tanto como él, lo que podría considerarse un abuso si no fuera por los espléndidos resultados. En “Luces de la ciudad”, por ejemplo, llegó a rodar 342 tomas de la escena en la que el vagabundo compra flores por primera vez a la chica ciega; y Chaplin no quedó satisfecho con ninguna.

Chaplin siempre fue un perfeccionista. A pesar de que solía tardar más de lo habitual en rodar sus películas, fue el primer autor de cine cómico al que se le permitió hacer un filme de dos rollos. Y así, el creador fue ampliando su radio de acción hasta, a partir de 1921 –cuando estrenó “El chico”–, hacer unas pocas películas, como “El circo”, “Luces de la ciudad” o “Tiempos modernos”, que han dejado una indeleble huella en la historia del cine.

Para muchos críticos su mejor película es “La quimera del oro”, donde su alter ego se embarca en la búsqueda desesperada del metal precioso para convertir en comedia romántica una mezcla de western y cine de aventuras. Como siempre, su magnífica interpretación es la culminación de un espléndido largometraje donde sobran las palabras y que, además de provocar infinitas risas, deja una magnífica impresión estética.

Se rumorea que Chaplin rodó 27 veces más película de la que utilizó en el montaje final de “La quimera del oro”. La escena más famosa, sin duda, es el banquete de la bota, un alarde de dominio del tempo narrativo donde cada plano está minuciosamente pensado y el vagabundo disfruta de una suela y un cordón como si fuera el manjar más exquisito del mundo mientras Marc Swain le da una magnífica réplica con sus aires de tragón deprimido.

La comicidad de la desgracia ajena domina esta apasionante secuencia. Irónicamente, la escena le dio un serio disgusto a Chaplin. La bota estaba hecha de regaliz. Después del rodaje, Chaplin tuvo que ser ingresado de urgencias por el atracón. Había rodado un monumento artístico al hambré. Y tuvo una severa indigestión. Todo por el arte, supongo.