Maupassant: el cuento

Es ciertamente irónico que en España, un país donde gusta sobremanera el irse de tapas para pasar por mil bares sin terminar de comer nada, no haya triunfado nunca el género narrativo del cuento (1). Si en Estados Unidos, Hispanoamérica, Francia o Inglaterra el relato corto es tan considerado como la novela, en nuestro país no deja de ser una rareza que carece de aficionados.

Por eso resulta quijotesco que una editorial, Páginas de Espuma, viva prácticamente de editar libros de relatos cortos. Valiente decisión que, no obstante, no promete un futuro especialmente halagüeño, sobre todo si tenemos en cuenta que España es un país sin lectores. Esta audaz editorial acaba de editar uno de los grandes títulos de la temporada: dos volúmenes con los “Cuentos completos” de Guy de Maupassant traducidos por el muy capaz Mauro Armiño.

Maupassant es uno de los grandes escritores del siglo XIX. Junto a Chejov, puede ser considerado como el creador del cuento contemporáneo, siendo ambos hijos de Edgar Allan Poe. Aunque el escritor francés suele ser más conocido por sus cuentos de terror, como el extraño y aburrido “El Horla”, su auténtico mérito radica en haber sabido trasladar el realismo más crudo y lúcido a historias de unas pocas páginas que, en la mayoría de los casos, construyen un pequeño mundo paralelo.

Como en “Claro de luna”, donde un intransigente sacerdote descubre, una noche de insomnio, la magia nocturna que sólo puede ser obra divina destinada a recoger los amores más puros. O como en “La casa del placer”, en la que el cierre temporal del prostíbulo de una pequeña ciudad de provincias altera la rutina de las prostitutas y pone patas arriba las rutinas de los aburridos ciudadanos.

Maupassant fue un magnífico testigo de la sociedad que le rodeaba. Admirador de Flaubert y discípulo de Zola, pronto superó a ambos con pequeñas historias que, pese a su brevedad, son inmensamente mejores y mucho más entretenidas que las interminables novelas de los dos. Al igual que su contemporáneo Chejov, el francés era capaz de crear un personaje de carne y hueso en dos líneas, de dibujar un paisaje fotográfico con tres adjetivos, en mostrar la vida misma con una concisión reservada a los grandes genios, que en el siglo XX se llamaron O. Henry, Hemingway, Cortázar, Aldecoa, Dubus o Carver.

En estos cuentos completos se puede abarcar de una sola mirada la ingente obra de un escritor que apenas vivió 43 años. Siempre reflejando ásperamente la hipocresía que reinaba en su mundo, era capaz de convertir, como en “Bola de sebo” –sólo lejanamente emparentada con “La diligencia”–, a una prostituta en una heroína cuya grandeza contrasta con la pésima actitud de sus compañeros de viaje, que terminan rechazándola aunque les haya salvado la vida. Mucho mejores que sus novelas, los relatos de Maupassant encierran un mundo de bondades, de perversidades, de heroicidades, de cualquier sentimiento que se nos ocurra, porque, como a Shakespeare, “nada humano le era extraño”.

Como Chejov y los demás grandes genios del XIX, Maupassant supo ver y retratar los grandes defectos de nuestra especie. Críticos esenciales para comprender mejor nuestras carencias, estos escritores plasmaron a la perfección en lo que íbamos a convertirnos en el siglo XX. Polémicos agoreros cuando publicaron, ahora nos parecen perfectos visionarios.

El universo del mejor cuentista francés es inabarcable. ¡Hay tanta hondura en sus páginas! Su falta de corrección política, su defensa a ultranza de los débiles, su ataque a los poderosos, sus historias aparentemente cotidianas que hunden la pluma en las pústulas sociales, sus personajes memorables que parecen sacados de la misma realidad… todo en él es memorable. Una lectura imprescindible, mucho mejor que la que suele llegar a las librerías. Quizás por eso sea poco menos que un total desconocido para la gran mayoría… y para nuestros planes de estudio.

(1) Promovido por los púlpitos oficiales de la dictadura cultural, triunfa, no obstante, el microrrelato, separado del cuento por la misma distancia que hay entre el alcohol metílico y el Romanée-Conti.

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