La conspiración

La literatura y, por extensión, el cine son vehículos idóneos para realizar lúcidas y severas críticas sobre la historia del propio país. Alemania lleva años dando lecciones de autocrítica con películas como “Good bye, Lenin”, “La vida de los otros” o “El hundimiento”, o con novelas como “La torre”, que cite hace un par de semanas, y que retrata fiel y detalladamente los muchos excesos que existían en la afortunadamente extinta RDA.

Quizás todas estas obras sigan el ejemplo de Billy Wilder y su “Uno, dos, tres”, que no dejaba títere con cabeza en ninguno de los dos lados del muro de Berlín. Porque también en Hollywood, aunque a menudo se intente reducirlo a meras alabanzas al Imperio, se han realizado películas severamente críticas con la historia de Estados Unidos, como el mismísimo “Lo que el viento se llevó”, o “Todos los hombres del presidente” y “Forrest Gump”.

Acaba de estrenarse en España “La conspiración”, película que cuenta el juicio posterior al asesinato de Lincoln. A partir del abogado que defiende a la madre de uno de los sospechosos, el largometraje de Robert Redford destapa los innumerables excesos que se cometieron para satisfacer al pueblo, deseoso de venganza tras uno de los más famosos magnicidios de la historia de las infamias humanas. Aparte de que el tribunal fuese militar y no civil, hubo numerosas manipulaciones que llevaron a la horca a una mujer cuya culpabilidad era algo más que dudosa. Aún más, los tres hombres ejecutados, que participaron en el asesinato, vieron coartados sus derechos constitucionales para satisfacer las necesidades de una nación inmersa en los estertores de su tremebunda guerra civil.

“La conspiración”, como película, es demasiado larga para lo que cuenta. Magníficamente interpretada –destaca Robin Wright dentro de un magnífico elenco– parece haber sido concebida más para los Oscar que para al respetable. En ese sentido, fotografía, vestuario, decorados, banda sonora y demás apartados técnico-artísticos son verdaderamente encomiables. Pero es terriblemente pesada, morosa, pelmaza.

En cualquier caso, su severa crítica a uno de los episodios más oscuros de la historia estadounidense –son claros los paralelismos con los desmanes de Guantánamo, sobre todo por cómo se trató a los condenados, considerados culpables antes incluso del juicio– resulta sana para la democracia de “La Gran República”, como la llamaba Winston Churchill. De vez en cuando hay que remover conciencias para recordar cuáles son los principios sobre los que se sostiene una nación.

Este tipo de cine me genera mucha envidia y bastante tristeza. En España son escasísimas las novelas y películas que hayan examinado nuestra Historia de 1808 a 1936. Hay muchas sobre la Guerra Civil pero, salvo “La vaquilla”, han sido más combatientes que lúcidas. También hay muchísimas sobre la posguerra, pero hay más verdad en “La colmena” o “Nada” que en cualquiera de las obras de los últimos años. No tenemos sentido del pasado, ni del presente, ni de, en definitiva, la nación. De ahí que seamos incapaces de, como los alemanes, echar la mirada atrás y evaluar nuestros pecados y analizar nuestras carencias. Lejos de ser una gran conspiración, este fenómeno es fruto de la ignorancia y la cobardía. Nadie quiere comprobar que, desde hace una eternidad, somos de todo menos ejemplares.