Memorables XX: Lo que el viento se llevó

A veces es necesario caer en el tópico. “Lo que el viento se llevó” es una magnífica película, de esas que, además de eternas, inclasificables, inmortales, entran dentro del territorio de la leyenda. Seguramente, y detrás de “Casablanca”, no se haya escrito más de ninguna otra película.

Las escenas memorables de “Lo que el viento se llevó” son todas. Para este capítulo XX podría haber escogido como la más memorable a la deliciosa Hattie McDaniel apretando el corsé de Vivien Leigh, los muchos ardides de esta para atrapar hombres y robar maridos, la tremebunda escena de los heridos de Atlanta, el beso de Clark Gable y Leigh con el incendio de fondo, el parto, agonía y muerte de Melania, el asesinato del soldado hambriento de comida y sexo, el asalto al carruaje, el accidente ecuestre del dueño de Tara, terrible presagio del de la niña, alguna escena conyugal del inopinado matrimonio entre los dos protagonistas, cualquiera de los momentos en los que Gable y Leigh comparte escena y diálogo…

“Lo que el viento se llevó” es una constante fiesta cinematográfica de casi cuatro horas de duración, la culminación del cine de productor, que después nunca volvió a ser lo mismo.

Pero dentro de la leyenda, hay una escena superior, mágica, magistral, insustituible. Escarlata O´Hara, con el Sur derrotado, tiene que ser la fuerte de su familia. Apenas tiene una vaca y unos rábanos para sustentar a toda su familia. Ella disimula, aunque también ve cómo toda su forma de vida se ha venido abajo. Entonces, cuando está sola, se queja, grita, lanza el más famoso discurso de la Historia: “A Dios pongo por testigo” –a la altura del “Grande es Dios en el Sinaí” de don Emilio Castelar”–, un momento mágico de música, fotografía, montaje, dirección y producción que reflejan inmejorablemente la desolación de cualquier posguerra. Quizás el “mejor” momento de todo el séptimo arte.