La necesidad de la elocuencia

“Las ciencias serán siempre a mis ojos el primero, el más digno objeto de vuestra educación: ellas solas pueden ilustrar vuestro espíritu, ellas solas enriquecerle. [...] Mas no porque las ciencias sean el primero, deben ser el único objeto de vuestro estudio; el de las buenas letras será para vosotros no menos útil, y aun me atrevo a decir no menos necesario. [...] Las ciencias empleadas en adquirir y atesorar ideas, y la literatura en enunciarlas; por las ciencias alcanzamos el conocimiento de los seres que nos rodean, columbramos su esencia, penetramos sus propiedades, y levantándonos sobre nosotros mismos, subimos hasta su más alto origen. Pero aquí acaba su ministerio y empieza el de la literatura, que después de haberlas seguido en su rápido vuelo, se apodera de todas sus riquezas, les da nuevas formas, las pule y engalana, y las comunica y difunde, y lleva de una en otra generación”.

Cuando, en estos días, cada vez que oímos en los medios de comunicación a alguien hablando sobre la educación, solo se escuchan chuminadas: que si aquí hay más recortes, que si acá ni siquiera tienen para pupitres, que si allá se favorece a la escuela privada, que si allí se rueda un anuncio vergonzante… resulta altamente gratificante la lectura del anteriormente citado discurso “Sobre la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las ciencias” de Gaspar Melchor de Jovellanos. Hubo un tiempo en que los sabios españoles –sí, tuvimos sabios– hablaban de lo que realmente importaba.

Aparte del entorno que rodea a nuestro sistema educativo –falta de rigor, desprecio del mérito y la excelencia, odio al esfuerzo, etc.– sus contenidos resultan preocupantes. A las Humanidades se les ha dado un golpe de gracia y los estudios cada vez tienden más al aprendizaje práctico, que no profundo, de cualquier tipo de ciencia, incluidas las no científicas como la economía o la psicología. Incluso el estudio de la lengua se ha convertido en una “ciencia” de términos ininteligibles donde nada se parece al idioma que usamos para comunicarnos. Importa más saber qué es la función fática que expresar una idea o saber leer un poema.

Por eso no puede extrañarnos que cada vez nos expresemos peor, tanto oralmente como por escrito. Jovellanos, hace más de doscientos años, se dirigió a unos estudiantes del Instituto Asturiano, ufanos por ser doctos en ciencias, para exhortarles al estudio de las letras porque sólo así sabrían comunicar lo aprendido y, sobre todo, podrían convertirse en mejores seres humanos y “llorar con Virgilio o Racine, o reír con Moreto y Cervantes”. Para el ilustrado español, que ha desaparecido de cualquier plan de lectura, era tan importante conocer a los grandes escritores como la física de Newton.

Jovellanos, amante de las ciencias como buen hijo de su siglo, se dio cuenta del peligro que corría la educación si se dejaban de lado las letras. En su discurso no defiende el estudio del latín, ni de cosas abstractas, pero entiende que no puede haber progreso si no se aprende el arte de la elocuencia, si no se sabe escribir y convencer, si no se usa la propia lengua con la maestría de los clásicos. Mucho más allá, Jovellanos defiende la lectura y disfrute de la poesía, la sabia contemplación de la pintura y el acercamiento a la filosofía y la ética porque si no los científicos apenas serán nada.

Resulta extraordinario que el discurso del asturiano resulte tan actual. En estos tiempos donde en educación importa todo menos lo importante, es más necesario que nunca el plantearse hacia dónde queremos llevar la enseñanza. ¿No es más importante aprender a hablar, a escribir, a leer y pensar –como advierte Jovellanos– que saber al dedillo mil fórmulas matemáticas? Sin embargo, en nuestra escuela apenas se habla ni escribe, se leen cosas mal escritas (1) y se rehúye cualquier intento de pensamiento más o menos complejo, aún más si tiene que ver con el espíritu crítico.

La educación en España, en Occidente, debe cambiar radicalmente. Podríamos empezar, por ejemplo, volviendo a Jovellanos que, dijera lo que dijera, escribía un castellano perfecto.

(1) Los libros de texto, escolares y universitarios, están pasmosamente mal escritos. Aparte de las numerosas faltas gramaticales y de los errores de contenido, muchas veces alcanzan un punto más lejano aún que la ininteligibilidad absoluta.

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