Tintín sin polémicas

Con motivo del estreno cinematográfico, el próximo viernes, de “Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio”, dirigida por Steven Spielberg y producida por Peter Jackson, los oportunistas han rescatado la sempiterna polémica que rodea a “Tintín en el Congo”, el segundo álbum que concibió Hergé, mito creador del cómic. Según estos lumbreras, la visión paternalista y colonialista que se muestra del continente africano, junto al maltrato animal presente en las escenas de caza, son vejatorios para África, lo que debería provocar la aniquilación del libro.

El propio Hergé se avergonzó de muchas escenas y las corrigió en las décadas siguientes, pero nunca del todo porque, como opinan muchos expertos, es más una muestra de los prejuicios europeos de la época que un ataque a la población indígena del Congo. En “Tintín en América”, tercera entrega, el dibujante belga también cayó en numerosos tópicos –probablemente insultantes para quien quiera verlos como tales– y la visión que se da de Estados Unidos resulta más ridícula que amenazante. En estas primeras aventuras del intrépido reportero, Hergé parece más preocupado en buscar la perfección del arte narrativo del cómic que en mostrar un retrato veraz de los ambientes aludidos.

Precisamente, en los dos siguientes álbumes, “Los cigarros del faraón” y “El loto azul”, en las viñetas se ve una mayor preocupación por el realismo visual y por eso esos dos libros son considerados como obras maestras del entonces naciente género del cómic. Hergé ya ha superado sus primeros balbuceos y, aparte de genial dibujante, consigue contar historias de una manera intensa, virtuosa y crítica. Porque en el segundo, creado en 1934, denuncia el creciente imperialismo japonés en el continente asiático. El belga había comprendido que, además de un mero entretenimiento, Tintín podía servir para remover las conciencias de sus lectores, aunque a la postre su buena voluntad no sirviese para nada.

Precisamente, en dos de las siguientes aventuras de Tintín, “La isla negra” y “El cetro de Ottokar”, se intuyen críticas al poder expansionista de la Alemania nazi, que finalmente terminaría conquistando Bélgica, obligando así a Hergé a buscar una completa evasión y crear los tres títulos en los que se basa la película de Spielberg. Sólo a partir de la ocupación alemana, Hergé optará por una postura menos crítica en sus entregas de Tintín.

Curiosamente, “Tintín en el Congo” es la entrega del héroe que más éxito tiene en la República Democrática del Congo. Supongo que para una mirada limpia muestra más las carencias del creador y su origen europeo que un ápice de racismo. Muestra más desconocimiento que otra cosa, y mirarlo de otra manera solo puede suponer un intento de crear odio, de buscar publicidad o un intento velado de crear otro índice de libros prohibidos.

Releer las aventuras de Tintín de una manera cronológica, como he venido haciendo estos días con motivo del gran estreno del viernes, muestra maravillosamente la evolución de un genio que fue aprendiendo poco a poco a contar historias con imágenes, de un dibujante que ayudó a crear los cimientos sobre los que se sostiene el cómic, arte fundamental para entender el mundo en el que vivimos. La progresión de Hergé, en pocos años, es fabulosa, y parece mentira que sus creaciones tengan tantísimos años; sus álbumes siguen siendo maravillosos en todos los sentidos, incluso en la absurda ingenuidad e ignorancia de los primeros.

De todas maneras, la labor de desgaste contra “Tintín en el Congo” ejercida por numerosos polemistas ha conseguido que en muchos lugares, como Inglaterra, el libro esté prohibido para menores y sea prácticamente imposible de conseguir en una biblioteca pública. Si Hergé, desde su propio desconocimiento, mostró la ridícula imagen que los europeos tenían de los africanos en los años 30 del siglo XX, el actual miedo a sus creaciones muestra los ridículos complejos de Occidente ante su desmesurado y abusivo pasado. En lugar de intentar cambiar las cosas nos limitamos a dejarnos llevar por la tiranía de lo políticamente correcto. Es más fácil quemar un libro que conseguir que África, cuyos problemas esenciales son en gran parte culpa de Europa, salga de una maldita vez del hoyo. Por lo menos, Tintín sobrevivirá. Esperemos.

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