Educación Siberiana

Cada vez que escucho hablar a alguno de los indignados del 15M siento una mezcla de ternura y compasión. Aparte de sus buenas intenciones, con las que es difícil no estar de acuerdo, es casi imposible encontrar en ninguno una idea, una mera noción de lo que quieren; su desorientación es absoluta y se mueven a trompicones intentando dar contenido a su frustración. En definitiva, su esencia se agota en la propia indignación.

Hace unos días, antes de que el Telediario diese paso a media hora se sucesos, un joven indignado afirmaba en pantalla que “si el Estado no cumple con sus obligaciones, los ciudadanos deben actuar para sustituirle”. Lógico si no fuera porque pretendía justificar el hecho de que acababan de okupar –violentar– un inmueble del centro de Madrid. Según la inconsciencia ignorante del 15M, el fracaso absoluto del Estado –la policía es incapaz incluso de proteger la residencia de la presidenta de una Comunidad Autónoma, la justicia funciona tarde y mal sin medios materiales y los humanos malamente formados, se multiplican los recortes en educación mientras los profesores hacen huelga para proteger los derechos de sus alumnos, la sanidad hace aguas, las arcas del Estado están vacías sin que el sol salga por ningún punto del imperio… y la partitocracia lo okupa y lo arruina todo– justifica que el Estado de Derecho se vulnere con pretendida impunidad. Es decir, no es que el fin justifique los medios; es que, a falta de un fin, cualquier medio, si no lícito, es cuando menos legítimo.

Ante esta falta de un norte ético, la absoluta inmoralidad y consciencia de pertenencia a una comunidad de la que TODOS formamos parte, resulta trágicamente reveladora una obra como “Educación Siberiana”. En este libro, Nikolái Lilin recuerda su infancia y juventud dentro de la comunidad siberiana de los urcas, tribu siberiana que fue obligada a emigrar a Transnitria durante los oscuros tiempos de la Unión Soviética.

Los urcas, que se autodenominan “criminales”, eran delincuentes que vivían bajo la idea de que la libertad individual es superior a cualquier organización política. Pero no social. Lo curioso de los urcas es que, aunque pueda parecer estrambótico, respetan, o respetaban, un rígido código ético de respeto a los mayores, al prójimo, a una serie de normas morales cuyo incumplimiento podía llevar incluso a la muerte. Lejos de ser inmorales o amorales, estos urcas eran de moral estricta, sobre todo en la concepción del prójimo.

Tan discutible concepción choca reveladora y frustrantemente con el mundo en el que vivimos. No somos urcas. Por fortuna. Pero tenemos muchísimo que envidiarles. Primero, porque ellos, hasta su dispersión por medio mundo, seguían unas convenciones que protegían al débil, respetaban y veneraban al experto, y evitaban cualquier tipo de violencia o abuso injustificado. Segundo, porque adoraban la libertad y establecían la hegemonía del individuo dentro del grupo tribal. Tercero, porque sabían lo que querían y luchaban por ello.

Cada vez que veo a algún joven del 15M, siento desolación. La mala educación recibida les impide tener un mínimo espíritu crítico que les permita tomar decisiones audaces, lógicas y legítimas, justas. Y, sobre todo, noto que, a pesar de sus buenas intenciones, son incapaces de elaborar un rudimentario juicio ético. No tienen moral, ni son capaces de respetar nada aparte de su propio egocentrismo. Ni siquiera saben defender el concepto de libertad, propia y ajena.

Aparte de ser una lectura recomendable, “Educación Siberiana” es un buen libro para leer en estos tiempos turbulentos, cuando parece que Occidente está al borde del colapso. Entretiene y enseña. No es que defienda un sistema de vida como el de los urcas, pero podríamos aprender muchísimas cosas de ellos. Por ejemplo: “la justicia humana es horrible y errada, por eso solamente Dios puede juzgar. Lástima que a veces tengamos que decidir por Él”. Podemos comenzar, como sugirió el jueves Marcello en estas mismas páginas, por votar en blanco el próximo 20 de noviembre. Justo, legal, moral… un buen primer paso hacia algún sitio concreto.