Memorables XVIII: Sucedió una noche

Durante mucho tiempo, “Sucedió una noche” fue la única película en haber ganado lo que se conoce como el “Gran Slam” de los Oscar: película, director, actor, actriz y guión. Esta comedia, tan deliciosa y tan bien rodada que parece mentira que sea de 1934, es uno de esos filmes que gana con el tiempo y que siempre se ha encontrado entre las favoritas de todos los que saben algo del negocio.

Protagonizada por Claudette Colbert y Clark Gable, muestra a un Frank Capra tan crítico como en “¡Qué bello es vivir!” o “Caballero sin espada” pero sin apenas dulzor. La historia de amor entre una rica heredera acostumbrada a colmar todos sus caprichos y un implacable y despiadado periodista es una perla que muestra cómo decirlo todo sin apenas mostrar nada.

Un par de escenas, como la de las “murallas” de Jericó o la manera de desnudarse de un hombre, juegan contra el puritanismo con un erotismo de cerebro y humor. Los diálogos, todos, están afinados hasta el último detalle, y cada personaje, por muy secundario que sea, resulta absolutamente memorable.

Y entonces llega la ESCENA, una de esas que han construido la leyenda cinematográfica. Gable se las da de experto a la hora de hacer autostop. Su fracaso torna en ridículo cuando Colbert, sin despeinarse, se limita a enseñar su pierna. El plano de la rueda bloqueada culmina un gag antológico. ¡Qué tiempos aquellos cuando un tobillo resultaba de lo más atrevido… y divertido!

Lo asombroso de “Sucedió una noche” es que, aunque uno se la sepa de memoria, nunca deja de asombrar. Crece con los años y, así, está a la altura de otros mitos como “Casablanca”, “Luna nueva” o “Historias de Filadelfia”.