Los nuevos salteadores de caminos

En Florencia, cada turista debe pagar, por cada estrella de su hotel, un euro por noche que pase en la monumental ciudad; no importa que allí se pague por todo a unos precios desorbitados. En la República Dominicana, un extranjero debe pagar, aparte del IVA correspondiente, un impuesto del 16% sobre el monto total de lo consumido en cualquier negocio de restauración. En Cuzco y alrededores los turistas pagan muchísimo más –a veces hasta cinco veces más– que los propios peruanos. Desde septiembre, entrar a Estados Unidos como visitante vale 14 dólares.

Entre las numerosas piezas que no encajan en el puzle global que vivimos –o que ayudan a desencajarlo un poquito más– se encuentra el benefactor turismo a escala universal que permite viajar a un número de pasajeros exponencialmente superior al de hace un par de décadas. Da igual lo lejano que sea el lugar al que vayas; siempre te encontrarás a personas de innumerables nacionalidades que, aunque no hayan visto la catedral del pueblo de al lado, gustan de viajar al otro extremo de la Tierra. El turismo, aparte de haber uniformizado las visitas a cualquier lugar, se ha abierto a un gran número de ciudadanos del mundo.

Tal es el negocio que en todas partes han surgido los comerciantes dispuestos a explotar a la gallina de los huevos de oro sin pensar que cualquier animal tiene sus límites. Los desorbitados precios y la sobreexplotación, como ocurre con cualquier actividad empresarial, amenazan el continuo y fructífero desarrollo del turismo mundial, puesto que cada vez son más los que huyen de las masas y del síndrome “parque temático” que afecta a los lugares más emblemáticos y buscan destinos exóticos, a menudo inopinados.

Que la explotación salvaje parta de las manos privadas, aparte de previsible, no deja de ser legítimo. Si por una ración de paella en algunos sitios modestos pueden cobrarte tres decenas de euros, es responsabilidad del dueño que poco a poco los clientes vayan buscando alternativas más baratas. El problema es que las cuatro iniciativas que he citado al comienzo del artículo, sólo cuatro ejemplos que sirven de perfecta ilustración de medidas similares adoptadas en todo el mundo, son fruto de las respectivas autoridades de cada país. Lo público, en perjudicial y poco legítima imitación de lo privado, no ha querido quedarse sin su parte del pastel y ha comenzado a abrirle las tripas a la famosísima gallina.

Cuando viaja cualquier turista suele pagar los mismos impuestos indirectos que un nacional, menos en las tiendas “Duty Free” que, en cualquier caso, son algo anecdótico. Además, y ese es el gran valor económico del invento, el turista se gasta su dinero en otro país y crea riqueza en los lugares más recónditos. Gravar aún más los gastos de viaje es una medida temeraria que puede lastrar seriamente el turismo a algunos países, sobre todo en estos tiempos de crisis y de billetes de avión a precios prohibitivos. Si la futura ruina fuese culpa exclusiva de los particulares, como ocurre en algunos puntos de la geografía española, bien. Pero cuando es lo público lo que pone en peligro los negocios personales…

En cualquier caso, valga este ejemplo como muestra de la esquizofrenia que sufre nuestro mundo. Hace dos siglos, viajar por Inglaterra, España o Rusia conllevaba riesgo porque, de ninguna parte, podía salirte un Luis Candelas o un Dick Turpin y robarte la cartera. Ahora, de manera oficial, son las propias autoridades las que te salen al paso para darte un sablazo. ¿Quién podía imaginar, hace doscientos años, que el bandolerismo sería una partida para cuadrar un presupuesto que, de todas maneras, nunca termina de hacerlo?