Memorables XIV: El apartamento

Billy Wilder fue guionista antes que director. Y periodista antes que guionista. En 1933 huyó de Alemania y, tras pasar por Francia, llegó a Hollywood, donde tuvo que aprender inglés a marchas forzadas para conseguir trabajo. Y, antes de comenzar su carrera como realizador, tuvo tiempo de escribir los guiones de, entre otras, “Ninotchka” y “Bola de fuego” junto a Charles Brackett -Wilder siempre escribía sus guiones en colaboración; la leyenda cuenta que él caminaba y hablaba mientras el otro se ponía frente a la máquina de escribir-.

En 1942 comienza su carrera como director en Hollywood. Había nacido en 1906. Veterano curtido en la vida y en el cine, comenzó una brillantísima carrera -de la que ya hablaremos en su condición de auténtico mito- que culmina en 1960 con “El apartamento“, seguramente su mejor película. Este melodrama con aires de comedia es perfecto en cada una de sus escenas. Con su fotografía en blanco y negro, una inmejorable escenografía y unos diálogos perfectamente acabados -nunca se ha plasmado tan bien el opresivo ambiente de una gran oficina- el filme es un alarde en todos los terrenos que componen el séptimo arte.

Por eso “El apartamento” es una película que crece un poco más cada vez que se ve. Los personajes secundarios son deliciosos, algunos diálogos insuperables -”Señor Baxter, ¿por qué las mujeres como yo no se enamoran de tipos como usted?; “Es cuestión de gustos, señorita Kubelik, se quiere o no se quiere.”-, la trama es inteligente y crecientemente frustrante, y por encima de todo se impone la odisea de dos personas buenas y sencillas que deben sobrevivir por encima de un mundo cruel en el que apenas encajan.

Las dos escenas más memorables de “El apartamento” las protagoniza, claro está, la pareja formada por Jack Lemmon y Shirley McLaine. En la primera, a partir de un espejo roto, él descubre la verdad de su enamorada y, al ritmo de una maravillosa banda sonora, experimentamos su dolor antes de irse un bar a formar un círculo con las aceitunas de sus martinis. La segunda, el final, muestra a la exultante chica, por fin consciente de dónde se encuentra el amor verdadero, subiendo unas escaleras, suena una explosión, ella se alarma, pero él abre y, ¡sólo era una botella de champán!”, los dos comienzan un diálogo que cierra todos los asuntos del filme antes de sentarse a jugar una partida de cartas en lo que supone uno de los finales más mágicos, inopinados y aparentemente fríos de la Historia.

“Señor Baxter, calle y reparta”. Estamos hablando de unas las mejores películas de la historia.