Mitos de veras V: John Ford

Cuando a Orson Welles le preguntaron cuáles eran sus directores favoritos contestó: “Los viejos maestros… y con eso me refiero a John Ford, John Ford y John Ford”. Más allá de sus innumerables premios y sus éxitos de taquilla, Ford es seguramente el director más influyente en la historia del cine. Él aseguraba “sólo hago westerns”, pero su leyenda va mucho más allá de este género.

Nacido Sean Aloysius O´Feeney, John Ford comenzó en Hollywood apoyado por su hermano Francis. Allí trabajó en casi cualquier labor –fue doble de Francis, incluso sale de extra de “El nacimiento de una nación”– relacionada con el cine antes de comenzar a dirigir películas, primero mudas y luego sonoras. A partir de los años 30 comenzó a hacerse notar, y así comenzaron a sucederse títulos como “El delator”, “La diligencia”, “Las uvas de la ira”, “¡Qué verde era mi valle”, la trilogía de la caballería y un eterno etcétera.

Ford fue haciéndose un nombre gracias a su dominio de lo visual, con imágenes de una belleza inusitada que, no obstante, jamás puso por encima de unos magníficos guiones a los que siempre servía y mejoraba con su formidable manejo de los personajes secundarios. Además, su experiencia en todos los campos cinematográficos le sirvieron para ser quizás el realizador con un mayor conocimiento técnico del séptimo arte – quizás ningún filme tenga tantas innovaciones técnicas como “La diligencia”–.

Además, aunque destacó en el western, dominó casi cualquier género, como la comedia, el drama, el cine bélico, etc. Ford, como ahora tan solo Eastwood, elegía muy bien los guiones para rodar aquello que más le apetecía. Y por eso sus películas, incluso los documentales que rodó durante la Segunda Guerra Mundial, son una perfecta combinación de imagen y texto. Por último, bajo una fachada de pelis de acción o meramente comerciales, Ford siempre contó historias complejas de personajes ricos, cercanos, auténticamente atractivos, estableció el paradigma cinematográfico sin hacer ningún alarde.

Así, según fue ganando más y más experiencia, se acercó a la inopinada noción de película perfecta: “Centauros del desierto”, “El hombre tranquilo” y “El hombre que mató a Liberty Balance” son filmes irrepetibles, únicos, de esos que se pueden ver una y otra vez con absoluto deleite ante lo que no envejece sino que mejora con el tiempo como el mejor vino de Oporto.

Como dijo Welles, hubo un DIRECTOR y luego muchos aprendices. Con John Ford el cine alcanzó sus cotas más altas. Sin aburrir a nadie, fascinando a público, profesionales y cinéfilos. Lo nunca repetido.