Dos biografías magistrales

Stefan Zweig fue uno de los principales intelectuales europeos de la primera mitad del siglo XX. Poeta, filósofo, historiador, literato, humanista de primer nivel, sus textos –novelas, relatos, biografías, etc.– gozaron de enorme popularidad hasta bien entrada la década de los 60. Era un autor de referencia por la calidad de sus textos, por su dominio de la documentación historiográfica, por ser un divulgador inigualable. Lamentablemente, como casi todo lo relacionado con el talento, su figura ha ido perdiendo pujanza ante las corrientes de la mediocridad que dominan el mundillo académico y cultural.

En España, afortunadamente, tenemos un par de editoriales, minoritarias, que siguen traduciendo y publicando sus trabajos. Acantilado, por ejemplo, ha publicado numerosos textos de Zweig. En los últimos tiempos he disfrutado sobremanera con la lectura y estudio de “Fouché. Retrato de un hombre político”, donde, desde la admiración por el talento y el desprecio de la amoralidad, el autor austriaco desgrana los principales hitos de un estadista (1) sin escrúpulos que supo enfrentarse, y vencer, a Robespierre y Napoleón, además de sentar las bases de la policía secreta contemporánea.

La biografía de Fouché es un libro magnífico, inmejorable. Zweig, con su enorme clarividencia, consigue mostrar al hombre con todas sus contradicciones y acercarlo hasta los lectores que, eso sí, necesitan conocer mínimamente la historia de la época. Aunque podría pasar por una novela de intrigas y traiciones.

Paidós, editorial esencial en el mundo humanístico, publicó hace algunos años “Balzac. La novela de una vida”, la última e inconclusa –aunque este dato apenas afecta al conjunto– obra de Zweig. En ella, desde la más profunda admiración al novelista y la perplejidad ante el pródigo impenitente, el autor austriaco cuenta la vida de uno de los más grandes novelistas. Gracias a este libro se conoce a Honoré de Balzac, el hombre, y se abre el difícilmente accesible mundo paralelo de “La comedia humana”.

La biografía de Balzac pretende empujar al lector a continuar con cualquiera de las obras maestras del novelista francés. Sin embargo, hace falta conocer algo de la época y tener una mínima noción de quién fue el precursor decisivo de Dickens, Tolstoi o Galdós –que siempre rindió pleitesía al autor de “Las ilusiones perdidas”– si se pretende disfrutar el libro en su plenitud.

Hace medio siglo, Stefan Zweig era un autor popular al que se leía con deleite y fruición. Ahora, aparte de haber sido olvidado por casi todos, resulta bastante elevado para el lector medio del siglo XXI. Cosa lamentable, en cuanto sus correspondientes actuales escriben cosas pesadas, de dudosa veracidad y en un idioma a menudo ininteligible. Estas dos biografías son dos obras maestras. Aunque sean denostadas por los historiadores, lejanísimas al gran público y accesibles tan solo a unos cuantos privilegiados. Zweig se suicidó porque creyó inevitable la victoria de los nazis. Afortunadamente, no lo hicieron. Aunque el olvido de Zweig, su conversión en autor elitista, podría indicarnos lo contrario.

(1) Una vez leída su biografía, comparar a cualquier político contemporáneo con Fouché son ganas de hacer el bobo.

dmago2003@yahoo.es