Super 8 y Conan el gruñón

El pasado fin de semana se estrenó “Super 8”, película dirigida por J.J. Abrams –creador, entre otras cosas, de la serie “Perdidos”– y producida por Steven Spielberg. Desde el primer momento se ha entendido que el largometraje es un homenaje al cine de los 80, en especial a “E.T.” y “Los goonies”, con extraterrestre incomprendido y unos adolescentes protagonizando una inolvidable aventura. Aún más, la historia se sitúa en el verano de 1979. Curiosamente, el viernes también se estrenó la nueva versión de “Conan”, 29 años después de la que lanzó a la fama a Arnold Schwarzenegger.

“Super 8” es una película muy entretenida, y sería magnífica si no fuera por todo lo que tiene que ver con el cautiverio y plan de fuga del alienígena, trama cuyas carencias muestran de nuevo la falta de interés de Abrams por la coherencia interna de sus guiones. Pero da igual. Está impecablemente dirigida, la ambientación es rica en detalles y consigue dar un aire nostálgico a una historia que también debe mucho a la serie B de ciencia ficción de los años 50, los efectos especiales son inmejorables…

Y, sobre todo, destaca la calidad de unas interpretaciones memorables, especialmente las de los chavales –Elle Fanning, hermana de Dakota, destaca dentro del elenco–, sobre los que se sostiene toda la producción porque, aunque tenga apariencia de película fantástica, lo realmente importante del guión es el melodrama subyacente que afecta a las familias del protagonista y su chica, una historia emotiva –que, por cierto, recuerda a Shyamalan, que no es de los 80–, perfectamente construida que sirve de enganche y centro de atracción del conjunto. Sin estos personajes, vivos, cercanos, reconocibles, y su odisea personal, todo “Super 8” habría sido una película menor. Pero, como dice el tópico, la ficción se construye a partir de personajes ordinarios que viven historias extraordinarias.

La nueva versión de “Conan” es todo lo contrario. A partir de unos personajes insustanciales –plano sería un adjetivo escasamente descriptivo– se construye una historia pésima con muchos gruñidos, ninguna coherencia y grandes dosis de violencia bajo la mirada de una cámara y un montaje que no respetan ninguna de las reglas de la narración cinematográfica. Lo que está a la izquierda enseguida está a la derecha, y es que se ignora hasta una mínima noción de raccord. Jason Momoa, el nuevo “Conan”, afirma no haber visto ninguna de las dos versiones de Schwarzenegger, y se nota porque el ex gobernador de California es un dechado interpretativo si lo comparamos con este tipo que sólo sabe poner lo que Joey Tribbiani llamaba “cara de pedo”. La nueva “Conan”, más que un remake, parece una parodia –homenajes a “La vida de Brian” incluidos– por lo que deberían haberla titulado “The Conan movie”.

“Super 8” es un película tan bien hecha que camufla su inverosímil final. Una trama –solo secundaria en apariencia, porque es la auténtica columna vertebral del guión– emotiva y melodramática sostiene un buen filme que mezcla misterio, acción y ciencia ficción. Puro cine. “Conan” es, sencillamente, ridícula. Y aquella no es mejor porque homenajee al cine de los 80 o al de los 50. Los homenajes son cuestión secundaria. En cierto modo, cualquier novela es un homenaje, consciente o no, al “Quijote”. Hay buen y mal cine. Hay películas bien hechas, y otras están realizadas con el culo. Por suerte, frente a las peores bazofias se alzan películas que te reconcilian con el séptimo arte, de los 80, de los 40 o de los 20; en definitiva, con el cine de verdad.