75 años “sin” Lorca

“Se le vio, caminando entre fusiles,/por una calle larga,/salir al campo frío,/aún con estrellas de la madrugada./Mataron a Federico/ cuando la luz asomaba./El pelotón de verdugos/no osó mirarle la cara./Todos cerraron los ojos;/rezaron: ¡ni Dios te salva!/Muerto cayó Federico/—sangre en la frente y plomo en las entrañas—/… Que fue en Granada el crimen/sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada”. Antonio Machado.

Cuando asesinaron a Federico García Lorca, hace 75 años –se cumplen tres cuartos de siglo del más penoso año de nuestra Historia, 1936 (1), del que deberíamos arrepentirnos y aprender en lugar de andar echándonoslo en cara–, casi todos los poetas contemporáneos le dedicaron una elegía. Su arrebatadora personalidad, su fama internacional, lo absurdo del crimen, el uso propagandístico que se hizo de su ejecución –su muerte, junto al “Guernica”, son los dos símbolos más conocidos de aquella guerra de mierda– le convirtieron en mártir y le situaron a la cabeza no sólo de su Generación sino de toda la poesía española.

“Por hacer a tu muerte compañía,/vienen poblando todos los rincones/del cielo y de la tierra bandadas de armonía,/relámpagos de azules vibraciones./Crótalos granizados a montones,/ batallones de flautas, panderos y gitanos,/ ráfagas de abejorros y violines,/ tormentas de guitarras y pianos,/ irrupciones de trompas y clarines.

“Pero el silencio puede más que tanto instrumento”. Miguel Hernández.

Lorca, símbolo de una guerra incivil, se convirtió enseguida en el gran icono literario del siglo XX español. Hasta tal punto que su brillo, como el del “Quijote” en el campo de la narrativa, ha oscurecido al resto de los magníficos poetas y dramaturgos españoles de todos los tiempos. Sus romances, sus dramones, incluso el ininteligible “Poeta en Nueva York”, ocupan páginas y páginas de libros de texto y manuales, casi monopolizan el acervo literario español.

Personalmente, no me gusta demasiado Lorca como poeta, salvo su “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”, y mucho menos como dramaturgo, salvo, quizás, “La casa de Bernarda Alba”. Aun así, reconozco su capacidad para crear poesía melódica musical –típica característica de los andaluces, desde Góngora a Rafael de León– y para elevar el romance a nuevas cotas combinando lo popular con lo elitista. En cualquier caso, me parece un poeta oscuro cuya comprensión necesita de una guía previa.

Por supuesto, hay que leer a García Lorca. Es único. Habría sido aún más inmortal –o no– si hubiese podido madurar como Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, etc. todos ellos poetas de primer nivel a los que, salvo los poemas de siempre, apenas se menciona y jamás se lee. Lorca es tan brillante, y nosotros tan ciegos, que lo ocupa todo sin que apenas quede espacio para que podamos disfrutar de otros genios.

“Para el poeta la muerte es la victoria;/ Un viento demoníaco le impulsa por la vida, /Y si una fuerza ciega/ Sin comprensión de amor/ Transforma por un crimen/ A ti, cantor, en héroe,/ Contempla en cambio, hermano,/ Cómo entre la tristeza y el desdén/ Un poder más magnánimo permite a tus amigos/ En un rincón pudrirse libremente”. Luis Cernuda.

Hay que romper con los viejos cánones. La literatura española fue gloriosa hasta bien entrado el siglo XX. Debemos dejarnos de chorradas y, sin olvidarnos de ellos, superar “Quijote” y Lorca, abrir los ojos y extasiarnos con el infinito panorama que ofrecen Góngora, Lope, Quevedo, Espronceda, Galdós, Pardo Bazán, Blasco Ibáñez, Unamuno, Manuel Machado, Baroja, Madariaga, Aub, Salinas, Rosales, José Hierro y un eterno etcétera.

La muerte de García Lorca fue trágica. Truncó de raíz la carrera de un prometedor escritor cuya personalidad conquistó a casi todos los que le trataron –que se sepa, sólo cerró su amistad a Miguel Hernández–. Pero es aún más trágica, si cabe, porque su ejecución elevó su obra a los altares para que así se olvidasen todos los demás poemas de un siglo pésimo en lo histórico pero brillante en lo artístico y literario. Lloremos el recuerdo de Lorca y la amarga ironía que acompaña aún a su terrible fusilamiento –del que, por cierto, se habla más que de, por ejemplo, los “Sonetos del amor oscuro”–.

(1) 1936 fue funesto: la penosa campaña electoral, en la que algunos líderes, como Largo Caballero, auguraban la guerra, los incendiarios discursos de los más implacables miembros de las dos Españas, los asesinatos, las quemas, los enfrentamientos entre los “hunos” y los “hotros”, el golpe de Estado, los exilios, los meses de ejecuciones rencorosas y gratuitas, la guerra, etc. Ni siquiera los peores tiempos de Fernando VII pueden compararse a 1936.

P.S.: Algunos considerarán una osadía escribir sobre Federico García Lorca cuando Mourinho le acaba de meter el dedo en el ojo a un entrenador del Barcelona. El que el entrenador del Real Madrid sea más conocido que Eça de Queirós o Pessoa dice mucho del mundo en el que vivimos.

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