Mitos de veras III: Steve McQueen

Pocos actores han sido tan populares en su tiempo como Steve McQueen en los 60, gracias sobre todo a su inefable aura entre enigmática, arrebatadora y amenazante. Aunque estudió en el Actor´s Studio, si ha pasado a la historia es debido a su magnética presencia de chulapo guay capaz de enamorar a las mujeres y convertirse en espejo para los hombres. ¿Quién no querría parecerse a McQueen?

Después de unos principios algo menores, McQueen hizo sombra a Yul Brynner en “Los siete magníficos” con su aspecto casi ausente para dar el  salto definitivo a la fama con “La gran evasión”, en la que, asombrosamente, se apodera del protagonismo en una película tan magníficamente coral. A partir de ahí, la estrella comenzó una carrera de enormes éxitos aunque nunca más volviera a filmar nada absolutamente redondo.

Sin embargo, si “El rey del juego”, “El caso Thomas Crown”, “Bullit”, “La huida”, “Papillon”, incluso “El coloso en llamas” son películas imprescindibles es porque McQueen demuestra en cada una de ellas que la cualidad de llenar pantalla existe aunque no se pueda definir, ni por asomo, con palabras. Lamentablemente, un cáncer producido por la exposición al amianto truncó prematuramente una carrera que estaba destinada a ser de las más brillantes de la historia.

Steve McQueen quizás no era un gran actor. Ni el más guapo. Tampoco el más fuerte. Pero su imagen, única, le convierte en un auténtico mito. Quizás los productores actuales deberían ver todas sus películas para encontrar artistas con su presencia. ¿Cómo hacerlo? Por ejemplo, nunca nadie consiguió llevar una cazadora tan bien y chulescamente como McQueen. Son esas cosas las que convierten a simples actores en leyendas inolvidables.