Superhéroes

El cómic de superhéroes, una de las principales referencias culturales del siglo XXI, es un pastiche de numerosos géneros que se acopla perfectamente a las querencias de nuestros días. Stan Lee, el gran genio de Marvel, es tan solo el más conocido de los grandes creadores de personajes que resultan cercanos a todos los públicos, razón por la que lo que eran tebeos destinados a un público muy localizado se hayan convertido en gigantescos éxitos cinematográficos, hasta el punto de que en ocasiones parezca que no hay taquilla sin superpoderes.

Los dos principales géneros que aúnan estos cómics son la ciencia ficción y el culebrón melodramático. Aquella es más evidente en cuanto muestra a personajes que, por motivos extraterrestres o avances científicos o tecnológicos, son capaces de heroicidades envidiables y muy lejanas a las de los antiguos héroes.

El culebrón se presenta en cuanto todos estos personajes sufren de algún tipo de trauma, generalmente surgido en la infancia, que les empuja a luchar contra el mal que, por otro lado, encarnan supervillanos que en sus circunstancias y actos no andan demasiado lejos de sus rivales. El culebrón, además, se perpetúa pues tras cualquier victoria aparece inmediatamente una próxima amenaza.

Acaba de llegar a nuestras pantallas “Green Lantern (Linterna Verde)” –un producto de DC cómics, la competencia de Marvel, la factoría de Stan Lee, que a su vez estrena este viernes “Capitán América”–, cómic poco conocido en España pero el tercero más vendido en Estados Unidos. En esta ocasión, el Universo, hiperpoblado por muchísimas especies –todas antropomorfas–, está protegido por una especie de caballeros andantes que cuentan con los superpoderes que otorga la energía verde de la voluntad. La peli comienza cuando se elige por primera vez a un ser humano para formar parte de esta prestigiosa orden de caballería interestelar.

El humano, Hal Jordan, es un desastre como persona y, para ser un auténtico héroe y así poder vencer al villano de turno –que domina la energía amarilla del miedo–, debe aprender a ser un hombre hecho y derecho que venza sus miedos y acepte sus responsabilidades, en este sentido todo un ejemplo paradigmático de lo que deberían plantearse las nuevas generaciones.

El filme, dirigido por Martin Campbell y protagonizado por Ryan Reynolds –el mismo de “Buried”–, se queda en poca cosa porque, en lugar de profundizar en personajes y en las tramas personales y aventureras, se entrega sin esfuerzo a los efectos especiales que, aunque magníficos, resultan un tanto vacuos e incluso algo agobiantes. El 3D funciona, pero poco más en una producción que prometía mucho más con sus 200 millones de dólares de presupuesto.

Como suele ocurrir con los superhéroes de cómic, el protagonista supera su trauma infantil, vence al malo y se hace con la chica. Y al final, después de los títulos de crédito, el personaje encarnado por Mark Strong se convierte en una temible amenaza que augura, a pesar de los dudosos resultados en taquilla, una segunda parte. El pastiche de nuevo retrata las constantes de un género en alza.

Bien pensado, todo este nuevo mundo de ciencia ficción, melodrama y sagas de películas rescata lo mismo que impresionaba a nuestros antepasados. Salvando las distancias, las odiseas de Batman, Spiderman y Linterna Verde no son muy diferentes a las de Ulises, Hércules o Eneas. Sigue existiendo el bien contra el mal y los personajes son tan arquetípicos como entonces. Entiendo esta circunstancia como más consoladora que preocupante: de algún modo, seguimos siendo humanos.