Memorables VII: Vacaciones en Roma

Una enorme sala. Casi vacía. La cámara de frente, precediendo a un hombre que camina lento, con un sentimiento agridulce. Se oye cada uno de sus pasos. Está solo. Llega a la puerta. Se para. Sube de volumen la magnífica banda sonora de Georges Auric. Él es Gregory Peck. Acaba de perder a Audrey Hepburn, pero ha recuperado su integridad: después de haber vivido el mejor día de su vida, dejará de ser un inmoral periodista a la caza de exclusivas para convertirse en todo un hombre.

Momentos antes, cuando se despiden en el coche de él, ella dice: “No sé cómo despedirme; no encuentro palabras”. Peck responde: “No son necesarias” y, de nuevo al son de la música, se dan un abrazo eterno que abre las carnes del espectador. “Vacaciones en Roma”, memorable historia de amor, fabulosa película rodada a las órdenes de William Wyler, termina así, como un tremendo drama donde la obligada separación nubla el clima optimista del resto de la película.

Porque “Vacaciones en Roma”, durante sus cien primeros minutos, es una espléndida comedia donde se mezclan la joven princesa harta de sus responsabilidades, el periodista sin escrúpulos y una preciosa ciudad llena de luces y sombras. Es un filme de aprendizaje, donde los dos protagonistas se enamoran y al tiempo aprenden cuál es su destino en la vida. Su amor, imposible, no por ello deja de ser puro, bello, auténtico.

Este filme es uno de los mejores de siempre. Se conjugaron todos los elementos necesarios para crear la magia del mejor cine. Casi todas sus escenas son memorables. Sin embargo, el final, sus miradas, los pasos que retumban ante la impertérrita presencia de los lacayos, la soledad del renacido periodista… son la guinda de un largometraje simplemente perfecto.