Falsos mitos (IV): Brando

No voy a decir que Marlon Brando fue un mal actor porque, aunque siempre estuviese excesivo, no lo fue. Aún más, a sus dotes interpretativas, bien trabajadas académica y laboralmente a lo largo de los años, unió un enorme carisma de esos que se apoderan de la pantalla.

Si Marlon Brando aparece en esta sección se debe principalmente a dos factores. Su filmografía, aparte de corta, es bastante decepcionante. Si exceptuamos “Julio César”, aceptable gracias a Shakespeare, “La ley del silencio”, “Ellos y ellas” y, sobre todo, “El Padrino”, sus películas se caracterizan, aunque muchas de ellas sean impecables en cuanto a calidad, por su larguísimo metraje y por ser muy pesadas. Y otras que podrían salvarse sólo tienen una presencia casi testimonial de la estrella de Nebraska.

Así, a pesar de su fama, la gran aportación de Brando al cine –insisto que hay que mantener aparte a “El Padrino”, que por sí bastaría para convertirle en leyenda– consiste en una serie de películas interminables que cuesta un mundo ver incluso una sola vez, filmes como “Un tranvía llamado deseo” o “El último tango en París”, tan largas como soporíferas. Á “Apocalypse Now”, quizás el largometraje más sobrevalorado de siempre, ya le dedicaré su propio artículo.

La segunda razón por la que califico a Brando de falso mito es por su nefasta influencia en el cine. Fue el primer actor que se puso por encima de cualquier proyecto, hasta tal punto que rodar con él suponía un suplicio y, tan endiosado, su carrera terminó consistiendo en, simplemente, hacer de Brando “superactor”. Su presencia era tan magnífica que se sobreponía a sus personajes, imponiendo además numerosos cambios en el guión.

Por eso, la última parte de su cinematografía es poco menos que mediocre. Ni siquiera incluye títulos sobre los que discutir como los ya citados. Y esta manera de colocar al individuo por encima de la producción ha influido enormemente en los hijos directos de Brando: Nicholson, De Niro, Pacino, Hoffman, si no tienen un director que les sujete, se convierten en mascarón de proa, quilla y puente de mando de la nave cinematográfica.

A pesar de todo, Brando es un icono del séptimo arte. Para mí, todo un misterio. Pero eso es algo innegable. Fotogramas de sus películas inundan cines, museos y bares. Quizás demasiado para el que simplemente debería ser tan solo el inmortal Don Vito Corleone.