Crónica de una muerte retransmitida

“Sexo, drogas y rock and roll”, quizás el más famoso eslogan del último medio siglo. En el camino se han quedado, antes de lo debido, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Keith Moon, Bon Scott, Elvis, Brian Jones y un eterno etcétera. Amy Winehouse acaba de unirse a esta lista tan poco honorable. Nadie se ha sorprendido con la noticia de su muerte: la cantante era carne de cañón y en internet se pueden ver tantos vídeos de sus canciones como de sus ridículos.

La muerte de Amy Winehouse ha sido acogida con más frivolidad que otra cosa. Las polémicas se centran en la auténtica causa del fallecimiento, en su calidad musical, en las malas influencias, en las aún peores compañías, incluso muchos medios han remarcado que su muerte la convierte en una más del “club de los 27″, aquellos músicos que murieron a esa precisa edad.

Todos sabíamos que alguien Winehouse, adicta al alcohol, las drogas y todo tipo de excesos iba a terminar con su vida más pronto que tarde. Desde que comenzó a hablarse de ella como la resucitadora del “soul”, ya se sabía perfectamente que su vida era una sucesión sempiterna de juergas, conciertos anulados, intentos frustrados de rehabilitación y escándalos variopintos. Los medios tenían un monigote que daba que hablar y atraía la atención del respetable.

En cierto modo, desde hace cinco años hemos asistido a la retransmisión en directo del proceso hacia la muerte de Amy Winehouse. Sus cuitas han llenado nuestra cotidianeidad de la forma más fluida que pueda imaginarse. Amy formaba parte de nuestras vidas como la crisis, la guerra de Irak, incluso como el ascenso de la irrepetible Belén Esteban.

Si tan triste espectáculo hubiese servido como catarsis que abriese un camino hacia la reflexión sobre el mundo en el que existimos, sobre qué puede empujar a alguien a la autodestrucción después de tenerlo todo… pero no, el asunto, siguiendo la línea informativa imperante, se ha tratado con clara intención de llegar a las masas, explotando todo el morbo, el dolor y el absurdo que rodeaba a tan estrambótica y trágica figura, hasta el punto de que ahora, antes que nada, es una mártir de la nueva religión que idolatra la fama más estéril y vacua.

Desde que el rock estalló en los 50, muchas muertes tempranas han truncado carreras prometedoras. Muchos jóvenes han muerto por culpa de las drogas, el alcohol, los excesos. Pero cuando Janis o Hendrix vivían, como mucho aparecían un par de noticias sobre sus escándalos, no había un seguimiento informativo tan persistente y continuo como hoy en día. Supongo que la muerte de esos dos genios, en 1970, tampoco sorprendió a mucha gente. Pero entonces su camino autodestructivo no fue objeto de un seguimiento constante como el de Amy Winehouse, cuya vida y muerte, en cierto sentido, no han sido más que otro “reality show” que ha mantenido entretenido al público.

Amy Winehouse ha muerto. Su deceso está moviendo dinero. Una tragedia como esta, tan pública, debería hacernos reflexionar sobre el mundo en el que vivimos. No por la influencia que la cantante pueda ejercer sobre los jóvenes, sino porque era una enferma adicta a casi todo y un fruto lógico de una sociedad llena de carencias y falta de principios. Descanse en paz, si la dejan.

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