Memorables VI: “Seven”

Un asesino en serie mata castigando los siete pecados capitales. Dos policías le buscan. Cuando por fin se cruzan con él, uno de ellos, el más joven, Brad Pitt, le persigue bajo una lluvia copiosa, incesante, casi un castigo divino. En un callejón, le pierde. Continúa la búsqueda. El malo le da un golpe en la cabeza. Pitt cae al encharcado suelo. El asesino se acerca, le pone su pistola en la sien. El diluvio impide que veamos su rostro. Después de unos interminables segundos, sorprende al público al largarse sin disparar.

La sorpresa es aún mayor cuando poco después se entrega. ¿Por qué no mató a Brad Pitt? La respuesta llega en uno de los finales más brutales y desoladores de la historia del cine. “Seven” es un filme todo él memorable. Elijo esta escena porque, vana en apariencia, lo explica todo. Ya han encontrado su guarida, y John Doe, encarnado por Kevin Spacey, mientras le apunta a la cabeza, planea el más maquiavélico de los planes, digno del mismísimo Keyser Söze de “Sospechosos habituales”.

Con “Seven” culminó el género policiaco de asesinos en serie. Con un Morgan Freeman espléndido y un Brad Pitt correcto siempre menos al final, David Fincher planteó un filme en una ciudad inidentificable, con un clima lluvioso, diría que apocalíptico, con muchos primeros planos y una iluminación tenebrosa que dan al conjunto un aspecto claustrofóbico, horrísono, ya digo que desolador.

Cada escena de “Seven”, comenzando por los siete crímenes, es un alarde de buen cine. Esta película es un mazazo que sobrecoge a todo aquel que se atreve a verla y, a pesar de los pesares, la disfruta en su calidad artística. El final, que no merece destaparse para aquellos que aún no lo hayan visto, es la culminación de un proceso cinematográfico oscuro, un monumento al nihilismo de fin de siglo, que, no obstante, continúa creciendo como obra maestra. “Seven”, con 16 años encima, es una de las mejores películas que se han rodado hasta la fecha.