Potter, mito del siglo XXI

Cuando intenté leer “Harry Potter y la piedra filosofal” no pasé de la página cien. Así, siempre que he visto alguna de las ocho películas que han adaptado las siete novelas de J.K. Rowling me he sentido perdido, como un analfabeto, he tenido la impresión de perderme algo. No entiendo por qué este es bueno, luego malo y después otra vez bueno, ni por qué estos sí pueden hacer magia aquí y aquellos no, por qué se dice que los horrocruxes sólo los puede destruir una espada –que aparece y desaparece de forma arbitraria– y luego resulta que también pueden hacerlo los dientes de basilisco, por qué los personajes mueren pero no mueren menos Voldemort, al que se le supone la capacidad de vencer a la muerte, etc.

Soy lego en Harry Potter, pero tengo la impresión de que la saga es una tremebunda tomadura de pelo. Por lo menos sus películas, que es hasta donde alcanzo. Acabo de ver “Harry Potter y las reliquias de la muerte. 2ª parte” –la segunda parte de la última parte de la serie de películas que completa la primera parte de la última parte (¡Benditos Marx!) que vimos en pantalla el pasado otoño–, el filme que culmina un largo proceso que comenzó hace diez años. Es decir, he cumplido con mi ardua y audaz misión de crítico.

Por lo menos, esta segunda parte y última película es mejor que sus tres inmediatas predecesoras, más entretenida que la soporífera penúltima, que no sé muy bien por qué se rodó en cuanto no aportó nada (1). Aquí los medios técnicos se dedican a contar una batalla final en su apogeo, y las escenas de acción consiguen que olvides los muchos diálogos que vuelven a demostrar la capacidad de Rowling para compilar viejos mitos con teorías filosóficas de mercadillo. Este filme ha compensado el altísimo precio de la entrada 3D.

Una vez terminada la serie, no sé si por la mediocre calidad como actor de Daniel Radcliffe –que, a sus viejos gestos de alegría, rabia y dolor ha unido en esta ocasión el de aflicción compasiva– o por las novelas de partida, creo que lo peor de esta saga es su héroe, un flojeras arrogante que tiene cara de estreñido mientras va dando tumbos de aquí para allá sin que uno se entere muy bien de sus razones. Tampoco está a la altura de tanta fama y repercusión el villano, Lord Voldemort, una especie de pensionista travieso sin más maldad que la afirmada por los que le rodean. Siempre he tenido mucho más interés en la suerte de los secundarios –Emma Watson (Hermione), Helena Bonham-Carter (Bellatrix), Michael Gambon (Dumbledore), Alan Rickman (Severus Snape)…–, personajes mucho más ricos y profundos que los dos representantes del viejo dualismo “bien vs. mal” que a la postre representa la maniquea serie.

Una vez terminada esta larga misión, sigo asombrado por la repercusión social y cultural de Harry Potter. Cierto es que no he podido con los libros, pero no entiendo qué hay detrás de todo este fenómeno. Las películas están plagadas de trampas narrativas que permiten o no hacer determinadas cosas según interese a los héroes y villanos. El mundo paralelo de la magia no se sostiene en ningún momento, carece de total verosimilitud. Quizás el secreto del éxito es haber recuperado todo tipo de antiguos mitos y leyendas y ofrecerlo en paquetes voluminosos pero sencillitos, asequibles para cualquiera.

La cuestión resulta reveladora. Harry Potter es un personaje ciertamente flojo. No tiene ningún tipo de heroísmo, de carisma, es más hijo de las circunstancias que de su voluntad, y sus sufrimientos apenas trascienden los de los que le rodean. Pero se ha convertido en un icono del siglo XXI, el gran mito de la década larga que llevamos en él. Hogwarts y todo el meollo tienen, en la actualidad, mucha más validez que Troya, Eneas o Alejandría. Harry Potter es el adalid de una nueva manera de entender el mundo, caracterizado por una cultura de masas que jerarquiza según moda y cantidad y nunca por calidad o excelencia.

Harry Potter ha terminado con un filme que por lo menos entretiene. Ahora sólo queda esperar al siguiente culebrón que fascine y distraiga al respetable, mucho más numeroso que el de hace cincuenta años. Con Potter y sus colegas se ha culminado el proceso de masificación de una cultura pobre y conformista, capaz de tragarse las mayores contradicciones en una narración tan larga y pelmaza como popular. Seguramente esto suponga el fin definitivo de Homero, Virgilio, Shakespeare y aquellos viejos fabuladores que, además de entretener, contaban cosas interesantes e intentaban ser, como dijo el doctor Johnson, “espejos de la naturaleza”.

(1) Igual que se titula “Harry Potter y las reliquias de la muerte”, la última película se podría haber titulado “Harry Potter y la varita de sauco”, o “Vodemort y los horrocruxes”, o “No dejes nunca sola a tu serpiente” o “En Hogwarts no se cumplen las reglas que se habían establecido en filmes anteriores”, o “Enrique Cazuela y los habitantes de la casa deshabitada”, o “Macarrones con tomate”.