Por una educación humanística

Nunca, desde que existe la educación obligatoria, las Humanidades contaron con tan poco prestigio como ahora. Que un buen estudiante decida estudiar Historia, Filología Clásica o algo semejante es considerado, por casi todos, un error mayúsculo –puede suponer una tragedia familiar– porque “no tiene salidas” y las ciencias se consideran más dignas y elevadas.

El asunto no es baladí. Si los ingenieros, por ejemplo, tuvieran suficiente formación humanística, como antaño, el problema no sería tan grave. Pero actualmente, incluso el estudiante que haga un Grado en Humanidades tendrá unas enormes carencias en lo relacionado con las “Letras”, fruto de un pésimo sistema educativo en la Educación Primaria y Secundaria que no soluciona ninguna carrera universitaria.

Primero, con la LOGSE, fue la unión de Lengua y Literatura en una sola asignatura, lo que, unido a la concepción científica que convierte la Lengua en un galimatías terminológico, impide que ninguna de las dos se vea con una mínima profundidad. Aparte, eso impide que en 4º de la ESO –antiguo 2º de BUP– los que opten por Letras tengan una asignatura de peso que elegir –actualmente sólo tienen un latín descafeinado o rarezas diletantes como “Mundo clásico” o “Iniciativa emprendedora”–, lo que provoca que sólo escojan esta opción los que no pueden elegir otra, convirtiéndola en un cajón “desastre”. El último golpe, en Selectividad, ha sido la obligación de elegir, en las materias obligatorias, entre Historia de España o Filosofía, lo que, lógicamente, provoca que cualquier alumno tenga menos interés en una de las dos.

Cuando se observa el panorama español, y el internacional, se nota no obstante que nuestro principal problema social es ético, algo que podría mejorarse con una adecuada formación humanística que, como su propio nombre indica, es la que nos ayuda a convertirnos en auténticos seres humanos, con las ideas claras respecto a nuestros derechos y, sobre todo, nuestras obligaciones.

Así, con el actual plan de estudios, un chaval termina el colegio sin saber apenas Historia –de Carlos V a 1808 seguramente no sabrá absolutamente nada–, con unas ideas filosóficas rudimentarias fruto de una Selectividad dirigida y tan sistemática que invita a no reflexionar para no meterse en líos –bonito oxímoron– y unos precarios conocimientos literarios hijos de los mitos pedagógicos que dan más interés a la literatura de hace 30 años que a la de hace cuatro siglos. Por si fuera poco, si en Historia o Filosofía hay cierta tendencia universalista, en Literatura seguimos constreñidos al estudio de nuestros autores –lo mismo da Calderón que Ramón de la Cruz o el Duque de Rivas– y damos la espalda a la globalidad, tan necesaria en este pequeño mundo del siglo XXI, de los grandes clásicos del mundo, como Homero, Dante, Shakespeare, Goethe o Balzac. Aprenden, algunos, algo sobre la Revolución Francesa, pero ignorarán, casi todos, qué narices es eso de Fausto y Mefistófeles.

La educación humanística no ha tocado fondo. Simplemente, no existe. Por eso no puede sorprendernos que las nuevas generaciones cada día sean más amorales y tan solo tomen como modelos los peores ejemplos de la televisión. El “vale todo” se institucionaliza sin que siquiera existan referencias de grandes autores que puedan servir como faros ilustradores de la sociedad. No hay ningún norte al que mirar. Porque hasta en niveles universitarios se ha perdido cualquier querencia humanista. De ahí que, por ejemplo, el 15M, encomiable en su actitud, se haya diluido por adolecer de una absoluta ignorancia de cualquier sistema ideológico mínimamente sólido. El gran alarde de pensamiento de nuestro día es lo antisistema.

Si pretendemos que las democracias occidentales tengan algo que ver con lo que soñaron nuestros antepasados, que sean auténticas y sus ciudadanos lo sean de una manera plena y responsable, debemos cambiar radicalmente los sistemas educativos que formen a los nuevos miembros del binomio Sociedad-Estado. El espíritu crítico es un espíritu en estado crítico. Nunca las Humanidades habían pasado por un periodo de tan poco prestigio, de tanta nulidad. Si queremos recuperar el sentido de la vieja Europa, aprender a leer a Tolstoi, a escribir novelas epistolares, a pensar a Platón, a reflexionar nuestra existencia y nuestro entorno… es tan necesario como una reforma electoral, el control de las cuentas públicas y la transparencia del sistema.

dmago2003@yahoo.es