El castor

El CastorComo en cualquier terreno donde se unen narración y drama, los problemas mentales son un tema recurrente en el cine; a veces de manera tan simpática y equívoca como en “El invisible Harvey”, donde el amigo invisible –¿irreal?– de James Stewart es un conejo gigante, otras de manera tan desgarrada como el alcoholismo de “Días de vino y rosas”, y alguna que otra con la profundidad, verismo y crítica de “Alguien voló sobre el nido del cuco”.

Jodie Foster, para su tercer largometraje como directora, ha escogido la locura como tema central. Y no, como en “Una mente maravillosa”, tratando de explicar la demencia de un genio, como se le podría suponer a alguien, como ella, declarada científicamente superdotada. En “El castor” Foster, con guión de Kyle Killen, se centra en la depresión de Walter Black, un hombre corriente inmerso en esta enfermedad seria y devastadora a la que no siempre se presta la atención adecuada seguramente porque no siempre se diagnostica o utiliza con plena justificación.

El recurso narrativo de “El castor” para tratar tan difícil tema es interesante: Walter, bien interpretado por Mel Gibson, está al borde del suicidio cuando comienza a hablarse a través de una marioneta de un castor que, así, da voz al otro yo del protagonista, desde entonces, más que deprimido, esquizofrénico. Pero comienzan a irle bien las cosas, sobre todo en el terreno profesional. Sólo a su esposa, interpretada por la propia Foster, no le convence la cura a la depresión ideada por su marido.

Paralela a esta historia se encuentra la de Porter, el hijo mayor, adolescente a punto de terminar el instituto que se gana algunos dólares escribiendo trabajos para sus compañeros y cuyo más íntimo secreto es no parecerse en nada a su padre. Pero, y ahí lo mejor del filme, en su enorme rabia se esconde el germen de una más que probable depresión futura. Porque su abuelo, el padre de Walter, se suicidó cuando no había podido seguir con su vida.

Así, con el trasfondo de los peligros del trastorno depresivo y su condición de enfermedad genética, Foster construye un drama opresivo, bien manejado, muy sutil, aunque quizás falto de más momentos de grandeza dramática. Todo marcha de un modo monocorde, un tanto soso. Y, sobre todo, la historia del chaval se sobrepone a la del protagonista. Cuando pasa la sorpresa del castor parlante, interesa saber más si el hijo se llevará a la chica que, a su vez, huye de sus propios fantasmas familiares y mentales.

El mayor problema de “El castor” es lo mal resueltas que están las dos tramas. Parece que a Foster se le acababa el presupuesto y termina la historia de golpe y porrazo. O quizás es que se termina la del castor, de difícil solución argumental, pero se deja sin concluir correctamente la historia romántica entre el chaval y la joven delegada de su curso.

En cualquier caso, “El castor”, en los tiempos que corren, es una película bien realizada, mejor interpretada y con un tempo narrativo que consigue atrapar la atención del espectador. Sólo se echa en falta un guión más acertado, un mejor trato de las escenas supuestamente cómicas y un más detenido proceso de la caída en desgracia del castor de las narices.

Foster nos acerca a la mente humana desde un punto de vista patológico. La mayoría de las películas que, actualmente, compiten en pantalla con “El pastor”, muestra indirectamente las psicopatías de muchos creadores y su muy abundante público.