Segunda Serie

Entre 1873 y 1883 Benito Pérez Galdós escribió veintisiete obras en treinta volúmenes. Comenzó con la “Primera Serie” de los “Episodios Nacionales” y continuó con títulos como “Doña Perfecta”, “Marianela”, “El amigo Manso”, “El doctor Centeno” y la “Segunda Serie”. Durante esta época se curte el más grande novelista español para, más adelante, regalarnos sus mejores novelas, de las que quizás las más conocidas sean “Fortunata y Jacinta” y “Miau”.

La “Segunda Serie” de los “Episodios Nacionales” surge, así, en una década del escritor aún joven que se encuentra y se somete a una vorágine ansiosa y feraz que dio a la imprenta más de doce mil páginas. Una época en la que Galdós va probando voces y técnicas, y comienza a crear ese mundo, a la manera de Balzac, donde se mezclan personajes reales y ficticios. En ningún sitio como en el que, a mi entender, es su mayor logro: las cinco series, las cuarenta y seis entregas de novelas históricas que resumen los momentos más dramáticos de la Historia de España desde Trafalgar hasta la Restauración de Alfonso XII.

La “Segunda Serie” de Galdós es poco conocida, aún menos leída. Cuenta el reinado de Fernando VII y el primer año del de Isabel II para, más que nada, no dejarse en el tintero la matanza de religiosos de 1834. Es una obra magna aunque irregular, una magnífico ejercicio de documentación histórica e investigación narrativa donde el genial novelista nos entrega algunas de sus mejores páginas.

Galdós elige como comienzo de esta enorme novela de 10 partes el intento de José Bonaparte de llevarse un botín enorme en su huida de España tras la Guerra de Independencia. En “El equipaje del rey José”, que el propio Galdós tilda de prefacio, conocemos a Salvador Monsalud, el liberal protagonista de la primera mitad de la serie, y a Carlos Navarro, guerrillero absolutista que morirá casi al mismo tiempo que Fernando VII. Desde el principio estos dos personajes simbolizan el enfrentamiento de dos maneras antagónicas de entender España, condenadas a una guerra que las enfrentará durante buena parte del XIX y, eso Galdós no lo sabía, que culminará, ya en el siglo XX, entre los años 36 y 39.

Tras este primer episodio, memorable, Galdós da un giro narrativo. El segundo, “Memorias de un cortesano de 1815″, cambia del narrador omnisciente a Juan Bragas de Pipaón, cortesano que va ascendiendo a lo largo de toda la serie como buen chaquetero que siempre sabe elegir el bando ganador en los muchos vaivenes del XIX. Así, para contar el principio del reinado de Fernando VII, Galdós nos propone una novela picaresca, admirable recurso que sirve admirablemente para mostrar una época venal, corrupta y nefasta. Este episodio es, a la postre, otro prefacio.

Los cuatros siguientes episodios –”La segunda casaca”, “El Grande Oriente”, “7 de julio” y “Los cien mil hijos se San Luis” – componen la parte central, la esencial, de toda la serie. Monsalud ha tornado de afrancesado a liberal masón y, con él, asistimos al triunfo del Trienio Liberal, su caótico devenir y su ridícula caída. Si en la primera serie Galdós mostraba el evidente heroísmo de la guerra contra los ejércitos napoleónicos, en esta época el novelista se encontró con una España de fracasos, miserias, traiciones y fanatismos que, en casi todo, se parecía a la que él vivía. De ahí que ahora, en lugar de héroes –aunque algunos hay, como Benigno Cordero o el propio Monsalud–, nos muestra una España que se devora a sí misma dividiéndose en dos facciones tremebundas, implacables que, en lugar de construir nada, lo destruyen todo.

El salto del pasado heroico al miserable obligó a Galdós a cambiar de tono. Y así comenzó a surgir ese narrador irónico, magnífico retratista de personajes y ambientes, que nos mostró a España con todas sus miserias intentando siempre aguantar cierto sentido del humor que aligerase a sus libros de demoledores pesimismos. Y, al tiempo que vemos qué fue de España en aquella época tan extraña y caótica, nos cuenta vidas, hechos, grandes o pequeños, que convierten cada episodio en una delicia sin parangón.

Tras contar la derrota del Trienio Liberal, Galdós perdió las ganas de terminar esta “Segunda Serie”. Monsalud se difumina y, en los siguientes episodios –”El terror de 1824″, “Un voluntario realista”, “Los apostólicos” y “Un faccioso más y algunos frailes menos”–, sin abandonar nunca la trama central, ahora con un protagonismo coral de Salvador, su querida Sola, Cordero, Navarro y Pipaón, nos cuenta diversos sucesos curiosos, históricos o no: desde la quijotesca locura de Patricio Sarmiento, víctima de un quijotesco delirio liberal, hasta la ya citada matanza de monjes de 1834, pasando por un levantamiento absolutista contra el absolutismo y la famosa bofetada de la Infanta Carlota a Calomarde.

Galdós, asqueado con el pasado, con una finura asombrosa que desdice a los que afirman que era un escritor mediocre, se detiene en los detalles para ofrecer un grandioso fresco de una época convulsa de una España a la que aún le quedaba –y le queda– mucho por aprender para ser una auténtica nación.

La “Segunda Serie” de los “Episodios Nacionales”, a pesar de su irregularidad dramática, de contar muchas historias e ir abandonando la historia central a favor de las secundarias –pocas veces un clímax final ha sido tan poco apoteósico, tan cotidiano, tan precipitado– es un monumental conjunto de imprescindible lectura que, de haber sido concebido desde otro punto de vista, más global, menos episódico, habría llegado a la altura de otras novelas históricas como “Guerra y Paz” o “Los miserables”.

En cualquier caso este volumen presenta la lucidez de un genial novelista y la tragedia de un país. Galdós quería contar noveladamente el XIX español. A partir de las vidas de unos personajes que asisten alucinados a los despropósitos de “hunos” y “hotros” y van desencantándose con una España y unas situaciones no tan lejanas de las actuales, muestra el alma de un país enfermo, condenado a no entenderse, a “autodetruirse” en palabras de Madariaga. Escrita a finales de la década de 1870, cuenta una historia que transcurre entre 1814 y 1834… y resulta completamente actual. ¡Hay tanto que aprender de las palabras de Galdós y de los errores de nuestro pasado!

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