Woody Allen ha vuelto

Woody Allen en Cannes

La carrera de Woody Allen como director siempre ha estado llena de altibajos. Después de “Annie Hall” llegó la soporífera “Interiores” antes de rodar su obra cumbre, “Manhattan”. A partir de ahí, el neoyorquino fue logrando, cada pocos años e intercalados entre otras obras menores, sus mejores trabajos: “La rosa púrpura del Cairo”, “Hannah y sus hermanas”, “Otra mujer”, “Delitos y faltas”, etc. Sin embargo, en los últimos años, sobre todo cuando dejó de rodar de continuo en su acogedora Nueva York, las buenas películas lo eran menos y las malas lo eran más.

Su bajón fue tan espectacular que, antes y después de la eficaz “Si la cosa funciona”, rodó las pésimas como “Vicky Cristina Barcelona” y “Conocerás al hombre de tus sueños”. Parecía que fuera de su escenario natural, la “Gran Manzana”, al director le faltase el aire y, cual pez fuera del agua, diese boqueadas en busca de oxígeno mientras lanzaba, cada vez menos, algún coletazo de genialidad.

Hasta “Midnight in Paris“, donde por fin se ha reencontrado. Obligado, por cuestiones presupuestarias, a rodar en aquellas ciudades que le ofrecen pasta a cambio de promoción, tras Londres, Barcelona y Oviedo, y antes de Roma, se ha visto en la necesidad de rodar en la capital francesa, que no conoce tan intensamente como Manhattan.

Woody AllenSu última película, afortunadamente, nos ofrece la mejor versión de Allen. ¿Cómo? Pues gracias a una fórmula tan genial como su cine. Tras unos primeros minutos que, al modo de “Manhattan”, muestran varias postales del París más folclórico y turístico al ritmo de bonísima música, el guionista y director da un giro magistral: su protagonista –otra vez el del siempre, un neurasténico perdido en busca del amor verdadero, de su vocación pura, de la felicidad– está en una ciudad extraña; entonces, a medianoche, cuando se ha extraviado en su camino de vuelta al hotel, se monta en un coche antiguo que le transporta al París de los años 20 donde se encontrará con Scott Fitzgerald y Zelda, Gertrude Stein, Dalí, Picasso, Belmonte, Buñuel, Cole Porter y muchos más personajes de aquella época en la que la capital de Francia lo era también del mundo.

A partir de ahí, el protagonista va y vuelve mientras experimenta el viejo camino alleniano de ir descubriendo la “verdad” a partir de golpes dramáticos, gags humorísticos, diálogos chispeantes y toques pedantes del genio cosmopolita. Como Allen no se sentía cómodo en París, nos lleva hasta una época soñada y perfectamente conocida por él y su público, de manera que juega con los tópicos más manidos y los detalles más elevados. El resultado, una comedia llena de realismo mágico –como en “La rosa púrpura de El Cairo”, “Alice” o “Desmontando a Harry” – que nos enfrenta a los grandes enigmas existenciales del posmodernismo con la frescura del mejor Woody Allen.

Este director, al que di por finiquitado hará unos ocho meses, vuelve a reinventarse para seguir siendo el mismo de siempre. Con una trama sorprendente, ágil, “cultureta” y popular a la vez, consigue incluso que el histrión Owen Wilson cumpla sin excesos con su papel de remedo de Woody Allen, que como actor ya no sirve como cuarentón en crisis de la mediana edad. Hay que aprovechar y disfrutar con “Midnight in Paris”, porque Allen ya tiene 75 años y uno no sabe cuándo dejará de renacer de sus propias cenizas para seguir deleitándonos con un cine único, de puro autor en el buen sentido del concepto. Aunque, por qué no soñar, quizás sea eterno de verdad.