El timo/mito del 27

Hubo un tiempo en que en España convivían, hablaban y escribían talentos como los de Unamuno, los Machado, Juan Ramón, Benavente, Muñoz Seca, Mihura y Jardiel, Pemán y Casona, Ortega, María Zambrano y José Bergamín, Max Aub y Emilio Carrere, Salvador de Madariaga, Ramón y Cajal y Severo Ochoa, Miguel Hernández, César Vallejo y Pablo Neruda, Gregorio Marañón, Eduardo Torroja, Dalí, Miró, Buñuel y muchos otros… Después de un primer cuarto de siglo donde surgía el genio hasta debajo de las piedras, en los años 30 todos confluyeron en un gran festín artístico, literario y científico que truncó salvajemente la Guerra Civil.

Tradicionalmente, a esos 36 primeros años del siglo XX español se les ha denominado “Edad de Plata”. Sin embargo, son muchos los libros que ahora reducen ese periodo a la época de la II República, y la lista de los grandes “genios” se mutila hasta reducirla a los poetas del 27. Así se hacen coincidir sistema político y club de poetas jóvenes para crear una Arcadia inimitable aunque para ello se tenga que borrar muchos nombres imprescindibles.

La Generación del 27 la conformaron una serie de poetas que, ese mismo año, se reunieron para conmemorar el tercer centenario de la muerte de Góngora. En la Antología generacional que Gerardo Diego realizó y publicó en 1932, el propio antólogo y muchos de sus colegas afirman que son generación porque conciben la poesía como algo diferente a Literatura, como una expresión minoritaria del mundo a través de las palabras. Diego, además de poemas de sus compañeros, incluye en el libro piezas de los maestros Unamuno, Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez y José Moreno Villa. Hasta los propios fundadores del movimiento sabían que no eran nada sin esos nombres, sin el de Rubén Darío.

Nunca he entendido muy bien la devoción a la Generación del 27. Sobre todo porque sus primeros libros, los más cercanos a la creación del grupo, son de muy difícil acceso. Su poesía, en muchas ocasiones, es tan minoritaria que resulta ininteligible. Cuando Diego, Pedro Salinas o Luis Cernuda dejaron de jugar a ser pandilla, firmaron unos libros bellísimos con inigualables poemas, mucho mejores que los recogidos en la Antología generacional. El propio Lorca que, cuando popular, gusta a casi todos, resulta insoportable en su “Poeta en Nueva York”.

El 27 se reunió en torno a la figura de Góngora. Salvo Salinas, Diego y Dámaso Alonso, que lo estudiaron y descifraron, son muy pocos los auténticos homenajes de estos poetas al genial cordobés, del que sólo se exaltó su obra culterana por ser tan “vanguardista”. Cuando, no obstante, Miguel Hernández publicó el muy gongorino e inaccesible “Perito en lunas” –por fin octavas reales, como en el “Polifemo”– la mayor parte de los amigos del 27 desdeñaron al jovencísimo, y rival, poeta de Orihuela.

Más aún: la generación del 27 siempre se ha querido cubrir con una vestimenta política de liberación y ansias democráticas. Sin embargo, cuando invitaron a Unamuno a escribir algo para tan magno centenario, el genial don Miguel, desde su destierro en Francia, contestó una durísima carta que terminaba diciendo: “Todo mi esfuerzo ahora ha de concentrarse en otra obra. Ni tengo corazón para diversiones. ¡Harto triste es que el duro oficio de ganarme la vida de cada día me obligue alguna vez a ciertas transacciones! Y ustedes, algunos de quienes son servidores asalariados del Estado hoy prostituido, lo saben tan bien como yo. Y presumo, acá en mis ensueños metafísicos, que el espíritu de Góngora me lo agradecerá más que otro tributo. No me es lícito celebrar a ningún espíritu de la España eterna mientras el ruin inespíritu de Primo de Rivera siga mandando y deshonrando el santo nombre de mi patria”. Es decir, el maestro les recordaba lo que pasaba en España y exigía que se dejasen de juegos poéticos cuando aún había que luchar por conseguir la libertad.

Más adelante llegó la República y el triunfo absoluto –de crítica, nunca de público– de un grupo poético que había nacido durante una dictadura. Cuando llegó otra, sus poemas palidecieron ante la fuerza de Hernández, que batallaba y escribía mientras otros poetas, como Alberti, se daban la gran vida en un palacete madrileño. Llegó el dolor de la guerra, del destierro y del exilio interior. Muchos de estos poetas, los que sobrevivieron, consiguieron entonces, con una poesía más cercana, elevarse por fin hasta el alma del lector, como casi todos los grandes intelectuales de la auténtica “Edad de Plata” española, crecidos ante el dolor de la derrota de España entera.

No entiendo este afán de destacar a la Generación del 27 como lo máximo que ha dado la literatura española en el siglo XX. “La voz a ti debida”, de Salinas, “Donde habite el olvido”, de Cernuda, “Hijos de la ira”, de Alonso, todo Gerardo Diego, algunos romances de Lorca, etc. son sin duda obras maestras. Pero hubo mucho más: Aub, Juan Ramón, Miguel Hernández, los genios del 98, Madariaga, Jardiel, Mihura…  son tan buenos o más que los de 27. Y además, son accesibles al público en general. Defender a capa y espada un movimiento tan minoritario como el 27 sólo puede ser fruto de la ignorancia o del terror a la lectura… la propia y la del vulgo, se entiende.

El asunto, como todo en España, se resume a que no es una cosa u otra. Todo debería leerse, estudiarse, aprenderse para que cundiese el ejemplo. Aquí, no obstante, tendemos a los reduccionismos abstrusos a costa de olvidarnos de nuestros más grandes genios. ¿Política, estulticia o perversidad? Da lo mismo. Parafraseando a Unamuno, no podemos celebrar ningún espíritu mientras, en el fondo, las grietas de la nave española rezumen inespíritu.

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