Branagh y Thor

Thor

A pesar de haber rodado espléndidas películas como “Los amigos de Peter” o “Frankenstein”, Kenneth Branagh es especialmente conocido por ser el último director en realizar un largo esfuerzo para llevar a la gran pantalla el infinito universo de William Shakespeare. Los resultados han sido, hasta la fecha, harto irregulares. En cualquier caso, Branagh ha llevado al cine a Rosalind, de “Como gustéis”, y Hamlet, dos de los más grandes maestros de la palabra.

Acaba de llegar a nuestras pantallas “Thor”, la esperada adaptación cinematográfica del cómic creado, también, por Stan Lee. Aunque parezca sorprendente, el director de esta megaproducción es Kenneth Branagh, que por una vez se ha alejado de los modelos teatrales para introducirse en un mundo, el del tebeo, que tiene mucho de creativo pero es mucho más visual que dialogado.

“Thor” es un magnífico espectáculo técnico y artístico. Los efectos especiales, 3D incluido, son de primer nivel, consiguiendo que mundos imposibles sean completamente creíbles. A ello ayuda una dirección de producción que, más o menos fiel al cómic, ha construido los mundos de Thor con una brillantez estética pocas veces igualada. En torno a estos ámbitos la cámara se mueve con una maestría que muestra la capacidad de Branagh para contar con imágenes, incluso sorprendiendo con su dominio cinematográfico en las escenas de acción más trepidante.

kenneth branagh

La ironía de “Thor” es que, contando una historia bastante interesante –un muchacho insolente tiene que aprender a sufrir y ser humilde para recuperar su condición divina porque así lo ha establecido Odín, su padre–, fracasa precisamente en donde Branagh debería haber destacado: en los diálogos. A la trama central, la emocionante, la que llenará salas, se unen algunas tramas secundarias, donde destaca la historia de amor entre Thor, encarnado por Chris Hemsworth, y el personaje de la dulce y siempre brillante Natalie Portman.

Un romance entre dos intérpretes tan carismáticos parece fácil a primera vista. La película fracasa, no obstante, en el intento de crear magia entre los dos. Y no será porque Portamn sea incapaz de expresar con los ojos ni porque él no sea digno del amor de cualquier mujer. El problema es que, las cuatro o cinco veces que dialogan los dos personajes, se limitan a decir dos o tres tópicos sin mayor fundamento. No hablan como personas, ni siquiera como muñecos de cómic. Son dos peleles en busca de unas palabras que construyan una pasión que, al final, termina resultando sosa y bobalicona.

“Thor”, así, se centra en los elementos épicos que terminan siendo el cimiento de una película de acción de esa a las que algunos críticos denominan “cine de palomitas”. Y fracasa en lo lírico –en la historia que debería ser la base para una previsible segunda parte– porque el guión desdeña el poder de la palabra. Y el séptimo arte, además de imágenes, necesita del poder unívoco del teatro para crear una tensión dramática que lleve al espectador a territorios cercanos a la catarsis aristotélica. Cosa que aquí no ocurre por culpa de un guión demasiado volcado a la espectacularidad de escenarios y efectos especiales. Esperemos que la ironía que supone que un director “sespiriano” fracase en los territorios del diálogo sirva, cuando menos, para llenar sus bolsillos y permitirle seguir adaptando al mayor genio de todos los siglos. Después de todo, aún nos debe “Macbeth”, “Otelo” y, sobre todo, “El rey Lear”.