Elogio de la experiencia

Hace unos meses, en una universidad cuyo nombre quiero olvidar, acudí a un encuentro de escritores de Internet. Me presentaron a una de las responsables de la web de RTVE. Me preguntó dónde escribía. Cuando le contesté que en “República”, puso cara de aburrimiento y soltó un lacónico “Ah, donde los dinosaurios”. Sorprendido, le pedí cortésmente una explicación a su abrupta afirmación. “Es que los que escriben en tu periódico son todos muy mayores”.

Evidentemente, no continué hablando con tan sabia joven. Desde entonces, no obstante, me remuerde su actitud tan despectiva con los “mayores”, reflejo claro de esta sociedad donde tanto priman los valores de la juventud insana tipo “Gran Hermano” y la latría del cambio constante, insensato e ignaro. Sólo hay que echar un repaso a listas electorales, caras televisivas, famosos universales… para darse cuenta de que en la sociedad red se desprecia, por activa o por pasiva, a todo aquel que supera con cierta amplitud el medio siglo.

El pasado miércoles, Ana María Matute, ilustre dinosauria, dio una lección en la entrega del premio Cervantes. Su discurso, bello, mesurado, emotivo, lúcido, sabio, es una ejemplar muestra de cómo los años sirven para fortalecer, asentar y magnificar las facultades cerebrales. Con 85 años, Ana María Matute mostró un vigor y una energía propios de un adolescente al tiempo que una sabiduría sólo al alcance de los que han vivido muchos años.

Ciertamente, es incomprensible el desprecio contra los “ancianos” que respira nuestra sociedad. Cervantes publicó la primera parte del Quijote con casi 60 años; la segunda, con casi 70. Sócrates dio su mejor lección ética y cívica, la que le condujo a la muerte, cuando había superado los 70. Platón, Cicerón, San Agustín, Isaac Newton, Samuel Johnson, Voltaire, Galdós… realizaron muchos de sus mejores trabajos en plena senectud, con plenas facultades mentales y una mayor experiencia que les permitió mejorar sus obras y paliar los viejos errores de juventud.

En los tiempos antiguos, no eran escasos los pueblos que tenían alguna asamblea de ancianos como órgano consultivo que moderase las pasiones de los más inexpertos. El Senado romano nació como tal, y perdió su encanto cuando dejaron de poblarlo canas y comenzaron a entrar músculos y hormonas. Claro que el Senado, en nuestros días, especialmente en nuestro país, ha perdido su significado sin sustituirlo por otro.

La edad, en contra de lo que se piensa comúnmente, no es ninguna tara. Quizás una persona de 60 años haya perdido parte de sus facultades físicas. Pero si es sabia, lo será mucho más que a los 20. Y mucho menos que a los 80. Durante la carrera, mi mejor profesor fue el padre Landecho, venerable anciano que hacía de cada una de sus palabras una inolvidable lección magistral. A lo largo de los años, siempre he aprendido más en la conferencia de un “abuelo” que en la de un joven. Junto a ilustres ciudadanos españoles, como Fernando Suárez, Luis Ángel de la Viuda, Gustavo Pérez Puig o Miguel Martín, he descubierto mil cosas que no salen en los libros y que tan solo enseña la experiencia de la vida. En los mayores hay mucha más sabiduría que en ningún otro sitio.

Si “República” es lo que es, el primer periódico español –digital o no– en cuanto a opinión se refiere, se debe a que sus firmas son las de periodistas expertos, curtidos, sabios, más jóvenes en espíritu que sus colegas de menor edad y supuesta madurez intelectual. El peso del ejercicio del oficio les ha enseñado a mirar mejor y ver más que ojos más jóvenes. Si Matute es capaz de dar un discurso tan magno es porque lleva toda una vida escribiendo, analizando y aprendiendo. No se puede concebir una sociedad sin estos “mayores”.

El prescindir de ellos constituye una de las principales causas del empobrecimiento cultural, social y político del siglo XXI. Cuando los únicos mayores reconocidos por los más jóvenes son Mercedes Milá o María Teresa Campos, algo falla. Efectivamente, los monstruos con los que comparto página son dinosaurios, como dijo aquella joven arrogante, irrespetuosa e ignorante. Lo son no porque tengan más años o sean más lentos, sino porque, tal y como van las cosas, la excelencia y la sabiduría que representan están en vías de extinción.

dmago2003@yahoo.es