Grito a la mandíbula de Wes Craven

No disfruto demasiado con el cine de terror, ni siquiera con obras maestras como “Nosferatu” o “El doctor Frankenstein”. Sin embargo, aquellas viejas películas sí daban miedo gracias a la atmósfera, la fotografía y, sobre todo, la banda sonora. A partir de los 70, el invento fue degenerando hacia un subgénero donde unos asesinos en serie se dedicaban, más que a asustar, a salpicar con sangre y vísceras a los espectadores. Así, las sagas “Viernes 13″, “La matanza de Texas” o “Halloween” dan más asco que miedo.

El nuevo cine de terror –cuyos rincones más “gore” afortunadamente ignoro– fue cayendo en una serie de arquetipos rayanos en el ridículo: la joven gritona que terminaba venciendo, la chica que, justo después de desvirgarse, era asesinada, los asesinos inmortales, las fiestas devenidas en masacres, etc.

Así, en 1996, Wes Craven, maestro del terror, impulsor incluso de la serie de Freddy Krueger, estrenó “Scream”, ideada junto al guionista Kevin Williamson y que era una película de miedo que se burlaba de esos vicios adquiridos por el subgénero. “Scream” era una película de miedo que hacía reír, con su asesino, “Ghost Face”, pronto entre la pléyade de psicópatas más famosos. Fue un soplo de aire fresco que ayudó a renovar el terror cinematográfico aunque, lamentablemente, el invento decayó con la 2ª y 3ª partes.

Han pasado diez años desde que la última se estrenara. Desde entonces, el terror, pese al fugaz latigazo del escalofriante cine de miedo japonés, ha ido a peor. Jason, el de “Viernes 13″, sigue matando gente, y Jigsaw, el malo de la serie “Saw”, ha elevado la grosería sanguinolenta sin personajes a unos inauditos triunfos de taquilla y al dudoso honor de conseguir que alguna de sus entregas haya sido calificada con la “X” habitualmente reservada al porno.

Wes Craven, gracias a esta circunstancia, ha vuelto por donde solía, y acaba de estrenar “Scream 4″, un nuevo directo al subgénero para criticarlo, dar miedo, hacer reír y mostrar cómo es el mundo en el que vivimos. Porque en Woodsboro, el pueblo donde transcurre la saga “Scream”, todo ha cambiado: los adolescentes están enganchados a sus ordenadores, móviles, blackberries, etc. y los nuevos asesinos se adaptan a los nuevos tiempos.

El comienzo de “Scream 4″, con películas dentro de películas, es magistral. Da sustos de puro cine, y Craven muestra su maestría para reírse hasta de sí mismo mientras va planteando la nueva situación en la que vivimos. Luego salen, con 15 años más, los rostros de Neve Campbell y Courteney Cox, los mismos asesinatos de siempre, las fiestas trampa, todos los subterfugios propios del género, y son los propios personajes, en unos diálogos acertadísimos, los que nos van advirtiendo de la parodia a los que no solemos ver este tipo de películas. A la postre, Craven y Williamson no dejan títere con cabeza.

Lo más asombroso de “Scream 4″ es que, siendo una película de miedo más, resulta trágicamente crítica. Aparte de al subgénero, Craven lanza un directo a la sociedad en la que estamos deviniendo. Ghost Face, cuando por fin descubrimos su identidad, grita: “no necesito amigos, necesito fans”, resumiendo una mirada siniestra sobre la nueva adolescencia, que se conforma con basura inane del tipo “Saw” y no puede respirar sin un aparato electrónico en la mano.

“Scream 4″ es una muy buena película en su género. En este terreno, seguramente nadie esté a la altura de Wes Craven, un maestro de lo sórdido, del susto, del humor negro y rojo. Con esta especie de chiste, al tiempo que recupera su mejor pulso narrativo, abre una gran ventana sobre lo más corrompido de nuestra sociedad. Otra cosa es que la mayoría ni siquiera se aperciba de ello.