Olvidar lo inolvidable

En el cuento “El inmortal”, de “El Aleph”, un tribuno romano que busca la Ciudad de los Inmortales encuentra a un troglodita que gruñe en vez de hablar y come serpientes. Como le sigue a todas partes, nuestro protagonista le bautiza con el nombre del perro de Ulises. El salvaje parece no entender nada, pero un día, de pronto, recuerda: “Argos, como el can de la Odisea”. Cuando el romano le pregunta si conoce tan magna epopeya, responde que vagamente, pues hace mil cien años que la compuso.

Valga el ejemplo como muestra del genio de Jorge Luis Borges, al que se conmemora por el 25 aniversario de su muerte –al argentino le habría gustado más el 33–. Virtuoso en varios idiomas, en español tan preciso como Alfonso Reyes o Miguel de Unamuno, de ingente cultura universal, incansable jugador de palabras, lecturas y lectores, siempre a medio camino de la fabulación, el ensayo y la burla, el maestro argentino escribió divertimentos donde se mezclan realidad y ficción, se moldea el tiempo como máximo enigma y, en definitiva, se crean innumerables odas impropias y augustas de meta-lenguaje, de meta-literatura, incluso de meta-metafísica, valga el absurdo.

Junto a los misterios de la existencia y el infinito espaciotemporal, el tema central en los universos borgianos es el de la memoria, siempre relacionada con los otros dos abismos. En Borges nada es inolvidable porque todo es susceptible de ser recordado después de olvidado. El juego borgiano nunca termina; por eso rara vez se recuerdan sus escritos con detalle y su relectura siempre acarrea sorpresas.

Irónicamente, o no, Borges apenas aparece en nuestros libros de texto. Su obsesión por lo espiritual, por lo eterno y lo infinito, lo convierten en terriblemente incómodo para cualquier ideología o postura. Aparte, tan erudito, quizás resulta inaccesible para las nuevas generaciones o simplemente trasnochado. De este “Año Borges” quizás nazcan dos o tres nuevos admiradores. Pero, malos tiempos para la lírica, va camino del olvido. Me pregunto qué habría escrito si hubiese sabido que su destino era el de no tener lectores, tan pronto. La capacidad para olvidar de los mortales del siglo XXI es infinita, mucho mayor que la del inmortal Homero que imaginó el paradójicamente eterno y a la vez contingente Jorge Luis Borges.

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