Sin límites

El pasado viernes un crítico afirmó que, por simple, “Sin límites” era un pésimo título para la película de Neil Burger que se acaba de estrenar. Lo de los títulos es algo relativo: por ejemplo, ¿por qué “El señor de los anillos” y no “El señor del anillo”?, ¿Por qué “Anna Karenina” y no “Lievin”? La cuestión es que “Sin límites” –”Limitless” en su versión original– trata de un pobre hombre que encuentra una manera de llevar su cerebro hasta sus últimas potencias, lo que le convierte en un ser humano de ilimitadas posibilidades. Con su cerebro a pleno funcionamiento no tiene límites.

Aparte, “Sin límites” rescata el viejo mito de Fausto. Aquí, un escritor bloqueado, alcoholizado, derrotado, se cruza con un viejo conocido que le da una pastilla que hace rendir el cerebro al 100% de sus posibilidades. El protagonista la prueba y se convierte en alguien radicalmente diferente, un triunfador capaz de comerse el mundo. Así, sin dudarlo, devora pastillas, consigue fama y dinero, incluso recupera a la novia que le había abandonado al principio del filme.

Así, este Fausto sin Mefistófeles se entrega por completo a esa droga de diseño cuya extraordinaria cualidad es la de hacerle más capaz que los demás. Por supuesto, esto le llevará a meterse en una trama de intrigas y a padecer en carne propia los efectos secundarios de una sustancia que, aparte de tóxica, te puede hundir porque, si la tomas continuadamente, siempre quieres ir más allá, fuera de esos límites que no tienes.

Burger, apoyado en el espléndido trabajo de Bradley Cooper, construye una película interesante con personajes creíbles, buenos diálogos, un montaje espectacular, en definitiva un conjunto entretenido que, sin ser excepcional, consigue atraparte durante casi dos horas y compensar con creces el precio de la entrada.

Lo único que se echa en falta, como en películas similares de los últimos tiempos, es que los problemas a que se enfrenta el protagonista son sensibles, es decir, el mafioso de turno que le extorsiona, el rival que también necesita de las pastillas milagrosas, el dueño de un emporio energético, los efectos secundarios de la droga… pero en ningún momento hay la más mínima duda ética. Si tienes la oportunidad de ser superior a los demás, aprovecha sin dudar la ocasión que tienes ante ti. El filme es completamente ajeno a conceptos como trampa, maldad, doping o cualquier cosa que pueda sugerirse.

En la Edad Moderna, Marlowe condenó a Fausto como Tirso de Molina a Don Juan Tenorio. En el XIX, Goethe perdonó a Fausto y Zorrilla a Don Juan. Ahora ni siquiera se plantea si hay necesidad de condena o de perdón. Lo importante es el triunfo, el fin justifica los medios. “Sin límites”, película entretenida, de buena factura, nos presenta una historia de un hombre que quiere ser dios y ni siquiera se plantea si eso está bien o mal. Además, el final es feliz. Tampoco el director debió de plantearse nada. Bien pensado, “Sin límites” es un título inmejorable para esta película amoral, buen reflejo de un siglo que acaba de comenzar.

dmago2003@yahoo.es