Adiós a Sidney Lumet

Sidney Lumet acaba de morir. Este director de cine marcó una época y fue el maestro de los integrantes de esa revolución de los 70 que, para bien o para mal, cambió el cine para siempre: Martin Scorsese, Brian de Palma, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, etc. Hombre diferente a lo que se estila en Hollywood, muy neoyorquino a pesar de haber nacido en Filadelfia, Lumet fue un autor, un cineasta cuyas películas poseen un sello que las hace perfectamente reconocibles.

Los padres de Sidney Lumet se dedicaban al mundo de la escena. Por eso, el chaval comenzó bien pronto a hacer teatro, como actor. Tras participar en la Segunda Guerra Mundial, Lumet montó una compañía de Off-Broadway antes de, en los 50, dar el salto a la televisión, donde comenzó a dirigir para la pantalla. Así hasta que Henry Fonda le eligió para que dirigiese “Doce hombres sin piedad”, su primer largometraje, que tuvo enorme éxito en su alarde a la hora de convertir en puro cine la magnífica obra de teatro de Reginald Rose (cuya mejor versión, por cierto, es a mi entender la que hizo “Estudio1” bajo la dirección de Gustavo Pérez Puig con José María Rodero y José Bódalo a la cabeza de un excelente reparto).

A partir de ahí, Sidney Lumet comenzó su prestigiosa carrera como director de cine, a menudo imponiendo sus criterios a los de los productores, influido sin duda por los “autores” europeos. Eran los años 60, y Hollywood estaba cambiando. De esta primera época sobresalen sus filmes “El prestamista” y “Larga jornada hacia la noche”.

Pero no fue hasta los 70 cuando Lumet consiguió realizar una serie de películas que le colocaron definitivamente en la historia del Cine. Su trilogía mágica se compone de “Serpico”, “Tarde de perros” y “Network, un mundo implacable”, duras críticas a la sociedad norteamericana que alcanzaron éxito de público y entusiastas loas de la crítica. Aquellos filmes fueron tan decisivos para la revolución cinematográfica como los de Scorsese o Coppola. A partir de ahí, Lumet fue haciendo películas, algunas tan pintorescas como “El mago”, siempre de una calidad más que aceptable, pero en ningún caso tan extraordinarias como las anteriormente citadas.

La cuestión es que las mejores películas de Lumet, menos “Doce hombres sin piedad”, vistas treinta y tantos años después, se han quedado viejas. Ya sea por la propia estética de los 70, por ese modo cruento de entender la violencia que se ha quedado trasnochado por los efectos digitales, o por unos diálogos morosos, discursivos y monótonos en su realismo, lo cierto es que son películas a las que el paso del tiempo ha sentado mal. En cualquier caso, es indudable que Lumet fue pieza fundamental en la nueva manera de entender el cine de Hollywood, donde el viejo director fue metamorfoseándose en un autor a la manera europea, algo temerario si no hay un productor que frene las ínfulas del creador.

Sidney Lumet ha muerto. Con él, el maestro de una generación única de directores. Con alrededor de cincuenta películas en su haber, sus creaciones han dejado una profunda huella en el cine de todos los tiempos. Magnífico director de actores, dominador de innumerables recursos narrativos, su influencia se nota más en las películas de otros que en las suyas propias que, con la excepción de “Doce hombres sin piedad”, han sufrido notablemente el paso del tiempo.