La novela perfecta

Si en España alguien conoce a Edith Wharton se debe a que Scorsese rodó una versión de “La edad de la inocencia”, ganadora del Pulitzer de 1920. Wharton es una de las grandes, quizás el mejor eslabón entre las grandiosas novelas decimonónicas y las decadentes experimentaciones del siglo XX. Aparte de la mencionada, destacan entre sus obras “Las costumbres nacionales” y “Los niños”, curioso precedente, mucho más inocente, de la “Lolita” de Nabokov.

Su mejor trabajo, no obstante, quizás sea “La casa de la alegría”, publicada en 1905, que acabo de releer en su versión original. Pocas veces se ha alcanzado tal perfección artística, narrativa y dramática. La novela cuenta la historia de Lily Bart, beldad que, pese a no tener un centavo, se mueve entre lo más selecto de la sociedad neoyorquina. Su problema es que, al contrario de la Becky de “La hoguera de las vanidades”, tiene demasiados escrúpulos para conseguir “cazar” a alguno de los inmejorables partidos que se cruzan en su camino. Es una buena chica y siempre se las arregla para terminar perdiendo a sus pretendientes.

Como siempre en Wharton, la crítica a la aristocracia –mera apariencia, formada por unos hipócritas disfrazados con sus atildados modales tras un puritanismo de ecos de sociedad– es implacable. Dando un paso adelante respecto a Austen, Thackeray y Dickens, al borde de las novelas impresionistas europeas de la época, la estadounidense construye un esperpéntico fresco de numerosos personajes ricos en sangre o millones que respiran a lo largo de las páginas de intensísima narración. Ni siquiera Lawrence Selden, acerado crítico de la “high life” y admirador de Lily, se salva de este mundillo porque hasta él se ve influido por sus miserias aunque las deteste notoriamente.

“La casa de la alegría” es una novela perfecta. La odisea de Miss Bart muestra la caída en desgracia de una chica que fue educada para ser un florero pero que carece de la suficiente hipocresía para sobrevivir a la jungla de buenas maneras y mentiras despiadadas que la rodea. A pesar de todo, y gracias a Selden y la bondadosa Gerty Farish –aquí sólo los humildes merecen el respeto de la autora– la novela, que se autodenominó “de costumbres”, supera el mero retrato social para convertirse en una fabulosa e inmortal historia de amor, solapado, solo intuido, que sin embargo va llenando paulatinamente el libro hasta su magnífico final, nada apoteósico, tremendamente trágico: todos los soberbios reciben su castigo divino.

Esta novela de Edith Wharton, de más de cien años de edad, es prodigiosamente actual. Lily Bart es una chica maleducada. Sólo conoce la indolencia, el buen vivir, la conversación trivial, los pasatiempos insustanciales. Su naturaleza la invita ir más allá, pero ella no sabe ser otra cosa que una deliciosa muchacha que atrae la mirada de todos los hombres. No puede escapar a su destino porque no sabe hacer nada. Es la primera “nini” de la historia de la Literatura. Porque a la postre esta historia enseña que las personas que no reciben una buena educación fracasarán si no tienen otros medios de supervivencia. Lily es criada entre algodones, como si siempre lo fuese a tener todo. ¿Qué pasa cuando al final no consigue nada?

“La casa de la alegría” es una de las mejores novelas que he leído. Afortunadamente, existe una edición en castellano de Alba, editorial garantía de calidad a pesar de sus desorbitados precios. Situada en una sociedad distinta, sus páginas reflejan los mismos defectos de los que adolece la contemporánea: hipocresía, pocos principios y muchas reglas de apariencia y conveniencia, mala educación, triunfo de los fuertes sobre los débiles, felicidad de los humildes… La tragedia de Lily Bart conmueve… y no sólo porque sea diga de lástima, sino porque Edith Wharton fue una más de esos bardos que, magistralmente, han conseguido retratar el alma humana.

P.S.: ¿Por qué las feministas no reivindican a Edith Wharton? Porque critica a las mujeres lo mismo que a los hombres. No es, para nada, políticamente correcta.

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