La crítica y el público

“Sucker Punch” es, indudablemente, una película diferente. Dirigida por Zack Snyder –”300″, “Watchmen”–, mezcla un intenso melodrama con un pastiche de videojuego y cómic de manera que las escenas digitales de acción trepidantemente violenta se suceden con otras de diálogos densos y previsibles que construyen unos personajes que parecen vivir más allá de la “Desolation Row” de Bob Dylan o la “Calle Melancolía” de Joaquín Sabina.

Lo más curioso de “Sucker Punch” son sus innumerables referencias: el juego de realidad virtual que maneja la protagonista –maravillosa Emily Brwoning– recuerda a “Matrix”, sólo que aquí el simulador es el propio cerebro; los diversos planos de realidad parecen sacados de cualquier novela tipo “muñecas rusas”; la epopeya de la prota y sus cinco compañeras tiene mucho de Odiseo o Eneas; las películas de acción de los 70 aparecen por todas partes; el realismo sucio del entorno maneja motivos del spaghetti western, el Medievo de los 80 y los largometrajes de zombies; se intuyen cientos de referencias a cómics y videojuegos de lo más variopinto, ya sean de superhéroes o femeninos; también se respira un aire a “Bola de Dragón”, “El señor de los anillos” y cualquier película de ciencia ficción; la tragedia de los abusos sexuales refleja muchas novelas del siglo XX; los malvados parecen sacados de una película de serie B; incluso el erotismo, algo cutre, tiene un aire a Bob Fosse mezclado con el Disney Channel.

El conjunto de “Sucker Punch” es altamente irregular, sobre todo por el continuo, chocante y confuso balanceo entre explosiones y lágrimas. Pero es una película que se salva gracias a su sorprendente, emotivo y gratificante final. Además, Snyder vuelve a demostrar que es un maestro de lo visual: todas las escenas, especialmente las de acción, muestran un infinito muestrario de recursos narrativos al servicio de la trama. Lo mejor, la magnífica banda sonora donde suenan, como si se tratasen de videoclips de ópera a ritmo de “Call of Duty”, lo mismo Pergolesi y Mozart que los Beatles, Queen, Björk, Annie Lennox o Skunk Anansie.

“Sucker Punch” es una película completamente diferente a todo lo visto hasta ahora. La crítica española, no obstante, en las ediciones de los periódicos del pasado viernes, ignoró por completo tan extraño invento o se limitó a descalificarla como si se tratara de un filme descerebrado más. La ignorancia suma de la mayoría de los críticos y su alergia a cualquier cosa que huela a potencial éxito comercial les impidió ver que la cosa no era convencional. Su elitismo snob también les llevó a ignorar “Sin compromiso” –la otra gran oferta comercial del pasado finde– a favor de documentales oscarizados o “Howl”, un canto a un poeta tan mediocre como Allen Ginsberg pero suficientemente pedante para el que no sabe de otra cosa que cine y aledaños.

En España, como en la mayoría de los países de nuestro entorno, aún no hemos dado el paso hacia una crítica cultural que acerque el producto a su público potencial. Los críticos españoles caminan en un sendero paralelo al de sus lectores, oyentes o espectadores. El negocio sigue siendo levantar la nariz, poner cinco estrellas a las películas elitistas y un punto negro a las que van a ganar dinero.

Cuando Homer Simpson se convirtió en crítico gastronómico, sus colegas de “The Springfield Shopper” le dijeron que un crítico jamás puede hablar bien de nada. En España existe una excepción: se puede hablar bien de lo minoritario. Personalmente, no recomendaría “Sucker Punch” a todo el mundo. A algunas personas les resultará repugnante, a otras obscena y a muchas simplemente plomiza. Pero estoy seguro de que encantará a los que disfrutan de los tiros y las explosiones o de las pelis de superhéroes, y que parecerá altamente interesante a los que buscan algo nuevo en el séptimo arte. En este filme hay mucha más creación y una estética más innovadora que en la mayoría del cine de autor, tan lineal y previsible.

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