Entre naranjos

Pío Baroja se quejó repetidamente de la necesidad humana de categorizarlo todo, lo que le obligaba a pertenecer a la Generación del 98 aunque él, como la mayoría de sus miembros, renegase de los otros y apenas tuviese puntos en común con los demás. Baroja no entendía el sentido grupal de la literatura. Hay individuos, escritores, artistas, nunca corrientes, movimientos ni nada parecido.

La obsesión por someter la creación a categorías, junto a la falta de un norte resplandeciente entre nuestros expertos (1), ha llevado a que Vicente Blasco Ibáñez apenas sea estudiado en colegio y universidad. Algunos le sitúan como un realista tardío, otros como un auténtico naturalista; hay quien la considera como miembro de la Generación del 98, y otros resaltan que sus descripciones de paisajes son modernistas; la gran mayoría, empero, simplemente le ignora.

Lo único cierto es que Blasco Ibáñez fue un gran novelista, un genio creador que arrolló a ambos lados del Atlántico con unas novelas bien construidas, que meditaba cuidadosamente durante meses para después escribirlas rápidamente, sin dolor. Sus historias, nunca alardes de lo rebuscado, crean mundos cercanos a la realidad con una enorme capacidad crítica y un magnífico despliegue de belleza lingüística y plástica.

Hace un par de semanas terminé de leer “Entre naranjos”, escrita entre julio y septiembre de 1900. Pocas obras de su época son tan magníficas. Cuenta una historia sencilla: Rafael, un señorito de provincias, se enamora de Leonora, cantante de ópera que vuelve a su pueblo natal para descansar de sus agobios artísticos y sentimentales. Su amor tendrá que luchar contra la cerril sociedad de su tiempo. Una trama sencilla muy de la época, sin grandes alardes, no obstante adornada por muchos momentos gloriosos:

– Durante la primera parte del libro, Blasco Ibáñez hace una narración certera e inmejorable del ascenso de una familia en Alcira. Pocas veces se ha contado tanto en tan poco tiempo y con tanta capacidad descriptiva y crítica de la realidad.

– Más adelante, se nos cuenta la historia de Leonora que, en Milán, tiene que “venderse” para ir escalando puestos en el duro mundo de la ópera hasta consagrarse como la mejor intérprete de Wagner.

– El compositor alemán, una presencia constante mientras dura el romance, eleva los grandes momentos de pasión hasta convertirlos en instantes de descomunal dramatismo: parece que, en lugar de leyendo, estamos asistiendo a una función de “La valquiria” en la Scala.

– Las descripciones de la paisaje muestran un soberbio dominio idiomático y un bellísimo lirismo –con claras influencias de Rubén Darío– inopinado en alguien reducido habitualmente a mediocre prosista. Por cierto, la luz de los campos de naranjos de Alcira es la misma que Baroja alaba en “Camino de perfección”.

– En la parte final del libro, Blasco Ibáñez hace una crítica despiadada de la Restauración, en concreto del Congreso y de los políticos. “En realidad, todo iba bien. La nación callaba, permanecía inmóvil, luego estaba contenta”, escribe. Lo curioso es que las quejas de nuestros literatos de principios del siglo XX son mucho más cercanas a nuestros días que las palabras de nuestros contemporáneos.

“Entre naranjos” es una joya literaria, donde se ve que Blasco Ibáñez es un poco de todo para ser un conjunto único. Este escritor, olvidado del público y despreciado por estudiosos y críticos, es uno de los grandes nombres de las letras nacionales. Aunque no se le pueda inscribir en ningún grupo, aunque sea inclasificable, aunque vendiera muchos más libros que ninguno de los miembros del 98. ¿Por qué le ignoramos? Spain is different.

(1) He disfrutado de “Entre naranjos” en edición de José Mas y María Teresa Mateu. El prólogo es pedante. Las notas a pie de página, delirantes. Lo mismo nos sueltan un lacónico “Atinada sinestesia” que critican el uso irregular del gerundio. De las cosas importantes que rodean a la historia, la contextualización histórica y geográfica, sólo lo muy rebuscado o lo obvio, nunca lo necesario. Los libros de la editorial Cátedra no son lo que eran.

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