Indignaos

Con alrededor de dos millones de libros vendidos, el fenómeno editorial francés del último año se titula “Indignaos”. Es un opúsculo escrito por Stéphane Hessel –miembro de la Resistencia, superviviente de Buchenwald e integrante del equipo que redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948– y dirigido a la juventud francesa para que reaccione ante las muchas injusticias del mundo.

“Indignaos” es muy breve. Y poco profundo. De ahí su éxito. Tiene fuerza y contiene verdades poderosas junto a afirmaciones peligrosas. Se pueden resaltar un aspecto positivo y dos negativos:

– Hesse, como Rousseau, afirma que no hay nada más peligroso que la indiferencia de los ciudadanos. Por eso invita a la juventud francesa, al mundo entero, a rebelarse contra los grandes problemas que nos afectan, en especial la enorme desigualdad entre países ricos y pobres y los desmanes del mercado internacional. Es necesario que recuperemos nuestra capacidad de indignación para levantar nuestras voces contra la injusticia. Y, aclara, de una manera pacífica. Hasta aquí el fondo del librito es intachable.

– No obstante, Hessel comete numerosos desmanes en sus planteamientos. Dice que la Resistencia se opuso al poder de los nazis. Que luego su generación se indignó ante los excesos del estalinismo. Y asegura que ahora se están perdiendo los privilegios que entonces se ganaron. Que las jubilaciones están en peligro y que la Seguridad Social ya no es para todos. Asegura que entre los puntos del programa de la Resistencia se encontraba la necesidad de la nacionalización de la banca y las empresas que controlan los bienes y servicios indispensables para la sociedad.

Compara la actual crisis económica con la que dio pie a la Segunda Guerra Mundial, la actuación de los bancos del siglo XXI con la invasión nazi. Asegura que hay que combatir a las grandes multinacionales para evitar nuevos “fascismos, nazismos y totalitarismos”, evitando arteramente usar el término comunismo, considerado así como algo malo sólo cuando está en manos de individuos tan monstruosos como Stalin. Hessel –su devoción por Hegel le delata– defiende la libertad de boquilla porque el individuo siempre tiene que estar sometido al interés general, a una democracia “económica y social” –valiente oxímoron–.

Asimismo, en un texto tan breve, lleno de lugares comunes, incluye un capítulo para hablar de la causa palestina. Seguramente tenga razón en su defensa de los exiliados palestinos, pero no entiendo por qué lo incluye en un texto tan general destinado a despertar la sensibilidad ciudadana ante las injusticias de nuestro mundo. ¿Cuba, China, cada tiranía africana… no merecerían también sus propios capítulos?

– Lo más chocante de “Indignaos” es su justificación de la no violencia. Hessel no utiliza argumentos éticos para defender la “insurrección pacífica”, como habría hecho Gandhi. El francés, aquí en oposición sólo aparente a Sartre, habla de que la violencia no es eficaz, de que el terrorismo demostró que no servía para nada. Este matiz, tan brutal, revelador y nauseabundo, coloca al ilustre redactor de los Derechos Humanos a la altura de los implacables intereses, tan inhumanos, de las grandes empresas, de toda aquella institución o individuo que pone por delante la eficacia a los valores individuales y colectivos.

Coucheau comenta que aún no tiene muy claro hacia qué lado se cayó el Muro. La obra de Hessel está batiendo récords en Francia y, por su precio y brevedad, seguramente lo haga en media Europa. Su mensaje, defensor de la izquierda más antañona y “conservadora” –Giddens afirma que ahora la que quiere conservar los avances conseguidos es la izquierda– y promotor de una indignación popular para volver a las nacionalizaciones en masa de las empresas más importantes de una nación, es ciertamente preocupante.

La fuerza del panfleto es obvia; su argumentación, paupérrima. Ante las injusticias del mundo, indignémonos, por supuesto. Reaccionemos y actuemos de forma pacífica para remediarlo. Pero, ¿necesariamente eso tiene que estar en clara contradicción con el individuo y su libertad? Hessel, como su prologuista español, José Luis Sampedro, defiende la insurrección frente a los poderes económicos que todo lo controlan. ¿A favor de quién? Del Estado omnipotente, de ese Estado de bienestar que, en Europa, fracasa en su desmesura, sobre todo frente a esos países emergentes que compiten deslealmente porque no cumplen las mismas reglas que Occidente, esas que Hessel ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial.

Indignémonos. Claro que sí. Alcémonos pacíficamente. Por supuesto. Contra las multinacionales, contra las dictaduras, contra los bancos acéfalos, contra el hambre… contra los abusones y en defensa de las víctimas…  pero también contra el estatalismo liberticida que pretende hacernos creer que nazismo y comunismo fueron cosas muy diferentes.

dmago2003@yahoo.es