Un asunto trivial y otro enjundioso

En principio, es imposible sumar naranjas y peras. Pero el ser humano no tiene por qué atenerse a las frías reglas de la lógica. Ahí tenemos, por ejemplo, los Oscar, unos premios que, aunque decididos por unas seis mil personas, son certificados de grandeza, cimientos inamovibles de las opiniones de millones de personas que ahora pueden decir a sus amigos “¿no ves como yo tenía razón?”.

Los Oscar suman naranjas, peras… con plátanos. En la gala del domingo, “Origen” destacó en los apartados técnicos, la excesiva y hortera secuela de “Alicia en el país de las maravillas” arañó un par de estatuillas en territorios artísticos, “La red social” ganó en el montaje y el guión adaptado, pero las grandes triunfadoras fueron “El discurso del rey” y Natalie Portman.

Pocas veces los Oscar han sido, a mi entender, tan justos como este año. Con el permiso de “Toy Story 3″ –a la animación aún no se la permite sumarse con las demás frutas–, “El discurso del rey” es el mejor filme de 2010. A partir de una trama intimista sobre la familia y la amistad, se llega a un momento épico que cambió el destino de la Humanidad. Portman ha engendrado el papel perfecto en un gran filme, “Cisne negro”. Lo que aún no consigo entender es cómo estas películas podían competir en igualdad de condiciones con telefilmes baratos como “The fighter” y “Los chicos están bien”. Eso es sumar peras y churras.

En cualquier caso, los Oscar son solo unos premios más. Que deciden muy pocas personas. Resulta triste, aunque esclarecedor, que se les rinda pleitesía y que sus resultados sean celebrados por la gran mayoría como el resultado de una operación matemática. Hasta tal punto que, cuando alguien del cine muere (1), se citan antes sus nominaciones y Oscar que el resto de su trabajo, aunque este haya destacado mucho más en otros terrenos. A algo hay que aferrarse, supongo, aunque cualquier premio a la creación sea algo arbitrario y debatible.

El mismo lunes, cuando en España terminaba la gala de los Oscar, se publicaba la noticia de que el curso pasado más del 89% de los bachilleres españoles había aprobado la Selectividad. Enhorabuena: el único examen que un colegial español tiene que realizar obligatoriamente –aunque sólo si quiere ir a la universidad– para demostrar sus conocimientos es un coladero. Como causa y consecuencia, el Bachillerato, que ahora sólo dura dos años, es una mera preparación para este examen tan pautado y sencillo que, además, ha dejado de ser una prueba de mínimos para convertirse en un test de ordenación de calificaciones para elegir carrera. Si se quiere, por ejemplo, estudiar Medicina, hay que bordarlo en Selectividad, hay que saber perfectamente cómo realizar un examen concreto.

El espectacular porcentaje de aprobados en Selectividad no conlleva una buena preparación en los futuros universitarios. Muchos de ellos leen con dificultad, escriben con tremebundas faltas de ortografía y sin capacidad reflexiva y crítica, operan matemáticamente sin soltura e ignoran quién fue el conquistador de México o qué Bacon escribió “Novum Organum”. ¡Pero han aprobado Selectividad!

Los Oscar son algo trivial, circunstancial, un buen vehículo de promoción del cine de Hollywood. Estos premios, no obstante, son tratados con veneración y sus más accesorios detalles se analizan como si estuviésemos ante la fórmula de la piedra filosofal. Lo de Selectividad es algo importante, trascendente, esencial como síntesis de nuestro presente y augurio de nuestro futuro. Pero se trata como una simple estadística más, huera, fría e inútil.

Seguramente, esta ecuación lleva a que la gente siga creyendo en los Oscar como si fuesen ídolos con poderes mágicos. El pueblo admira fascinado a los dioses menores de la meca del cine, mientras nuestros jóvenes llegan a la universidad con una facilidad asombrosa y sin unos conocimientos dignos de tal nombre. Lo trivial es esencial y la enjundia es nimia. Por lo menos, algunas películas aún nos permiten soñar.

(1) Ha muerto Jane Russell, una de las pocas actrices capaces de disputarle la pantalla a Marilyn Monroe, como demostró en “Los caballeros las prefieren rubias”. Nunca fue nominada a los Oscar, pero su poderoso atractivo forma parte de la Historia del Cine.

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