Goyas con morbo

“Hijo de la derrota y el dolor, primo hermano de la necesidad”.

Aunque estos versos de Sabina fueron en origen dedicados a un “macarra de ceñido pantalón”, hoy en día describen a la perfección dedicados al cine español, que este fin de semana celebra su entrega de los Goya en un clima de desasosiego y carencia de rumbo. A pesar del traslado al Teatro Real y otros oropeles diversos, lo cierto es que las cifras vuelven a ser mareantes al tiempo que la polémica de la ley Sinde atiza la hoguera de un mundillo dividido y divisor.

En 2010 el cine español perdió unos 6 millones de espectadores respecto a 2009, casi un 60%, lo que coloca su cuota de pantalla en torno al 10% del total, y eso que el año pasado se estrenaron más de 150 películas nacionales. Aparte, algunos medios afirman que se repartieron en subvenciones 20 millones de euros más que la recaudación total de nuestro cine. Derrota y dolor a partes iguales.

Lo más curioso del tema es que el año pasado tres películas nacionales (“Tres metros sobre el cielo”, “Los ojos de Julia” y “Que se mueran los feos”) fueron auténticos éxitos de taquilla. Por supuesto, ninguna de ellas aspira a lo más alto en la gala de los Goya, pues si el cine español no tiene especial necesidad de dinero gracias a las subvenciones, la necesidad generalizada de público convierte a los éxitos en apestadas “académicas”. Afortunadamente, “Buried”, el invento de Rodrigo Cortés en torno a un ataúd, ha superado esta maldición.

Así, las otras grandes aspirantes al Goya a la mejor película (“Pa negre”, “Balada triste de trompeta” y “También la lluvia”) encabezan otro año de fracaso del cine español. Aunque no siempre esté mal hecho, más que no atraer al público, lo ahuyenta. En ningún país de nuestro entorno hay tanto rechazo a las propias producciones cinematográficas, un fenómeno sociológico digno de estudio. ¿Será por las actitudes públicas de los cineastas, porque las películas son completamente ajenas al interés de los aficionados, o por una mezcla de ambas realidades?

A pesar de todo ello, la gala de este domingo promete bastante audiencia. Gracias a la polémica que se generó por la aprobación de la Ley Sinde y la inmediata dimisión de Álex de la Iglesia, a la sazón presidente de la Academia, por una vez se ha hablado en la calle de los Goya. Sin duda tiene morbo saber qué dirá el director en su último discurso oficial y cuáles serán las caras de sus compañeros de aventura, en especial de su vicepresidenta Icíar Bollaín, rival también en la gala.

Al margen de este asunto, la derrota del cine español nace de la propia mentalidad del mundillo. Fue más noticia que “También la lluvia” no será candidata a los Oscar que cuando fue seleccionada como una de las grandes favoritas para los Goya. Y esta semana se ha hablado muchísimo de Javier Bardem y casi nada de lo que va a ocurrir en Madrid, seguramente porque trata de algo cercano pero que poca gente considera propio.

El cine español exige una gran reestructuración. Cierto es que el problema no se reduce al producto nacional: mientras en Francia e Italia el año pasado fue más gente a los cines, en España no dejan de bajar las cifras de recaudación, lo que muestra esa amoralidad social de bajarlo todo sin pagar nada. Aparte, las películas españolas, encerradas en un mundo subvencionado, endogámico y cerril, no interesan a nadie, aunque las pagamos entre todos.

El cine español está muy necesitado. De público. Quizás en esta paradoja resida el quid de la cuestión. Junto a la falta de glamour y magia que rodea al mundillo, por mucho que ahora se trasladen al Real. Dentro de nada, a los que veremos el domingo en la gala de los Goya los veremos haciendo campaña electoral y causa común para mantener sus privilegios. Hermosa contradicción, insostenible en lo económico e intolerable en lo ético.

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