La conjura de los necios

La conjura de los necios“, una de las mejores novelas del siglo XX, con su protagonista, Ignatius J. Reilly, entre los más grandes espejos del absurdo humano, es un libro de trágica historia que devino en triunfo. John Kennedy Toole, su autor, se suicidó en 1969 porque no consiguió publicarla. Su madre recogió el testigo y, tras años de esfuerzos, consiguió editor para un título que, tras salir a la venta en 1980, ganó el Pulitzer.

En esa época la editorial Anagrama, creada por Jorge Herralde, estaba al borde de la quiebra. En 1982 publicó la versión española de “La conjura de los necios” y consiguió un clamoroso éxito de ventas que salvó a la empresa. Gracias a Ignatius, Anagrama siguió adelante y, durante las dos décadas siguientes, nos regaló los mejores títulos de, entre otros, Martin Amis, Julian Barnes, Charles Bukowski, Raymond Carver, Paul Auster, Richard Ford, Vikram Seth e Ian McEwan. Los libros blancos y amarillos –los grises nunca me atrajeron tanto– de la editorial fueron, sin duda, un referente auténtico y excelente de la vida cultural de los lectores españoles, que no somos tan pocos como parece, aunque hagamos poco ruido.

Jorge Herralde, después de muchas décadas ejerciendo bien su labor editorial, acaba de vender Anagrama al grupo italiano Feltrinelli. La noticia me llena de tristeza porque parece que se acaba un ciclo, aunque Anagrama no esté en su mejor momento. Desde finales del siglo pasado comenzó un lento declive sólo salvado porque Ford y McEwan escribieron obras maestras durante la ya pasada década. Ningún autor novel ha deslumbrado como sus antecesores y la calidad media de sus títulos es menor. Parece que Herralde ha perdido su viejo olfato para descubrir nuevos talentos (1). De ahí que incluso se hayan rescatado algunos viejos títulos, como “La fortaleza asediada“, con una colección, “Otra vuelta de tuerca“, cuya misión es simplemente recordar tiempos mejores.

Durante los 80 y 90, en mis estanterías predominaba por goleada el color amarillo de Anagrama. En los últimos años, Salamandra, Acantilado y Alba han cogido el relevo. En cualquier caso, que Anagrama deje de ser española no puede ser nunca una buena noticia, menos aún en el clima cultural que vivimos.

Hace dos fines de semana “Babelia”, el semanario oficial del régimen cultural español, publicó una lista con los 29 mejores libros de 2010. El primero es la tercera parte de las memorias de J.M. Coetzee, y el resto una irregular retahíla de libros ignotos o mediocres de varios santones del “movimiento” y algunos textos de María Zambrano, Yeats, Blas de Otero o Elias Canetti. No me meteré en cuestión de gustos, porque algunas de mis novelas favoritas del año, como “Hijos del ancho mundo” o “Daniel Deronda”, pueden ser debilidad mía. Pero, en un año que correspondió con el centenario de la muerte de Tolstoi –con la correspondiente publicación de una magnífica traducción de “Anna Karénina”– y el del nacimiento de Miguel Hernández –con sus “Obras completas“– resulta extraño que sus nombres no aparecieran en la lista. Pero así es nuestra dictadura pseudocultural.

Por eso resulta aún más terrible que Anagrama deje de ser española. Quizás los compradores italianos lo hagan muy bien. Pero es otro paso atrás en nuestro ya de por sí depauperado ambiente intelectual. Un páramo de influencias, corporaciones y oligopolio que, sin duda, necesitaría de un nuevo Ignatius J. Reilly para parodiarlo como merece. Nuestra particular conjura de necios con ínfulas, lamentablemente, no tiene la misma gracia. Más bien no tiene ninguna. Aquí ni la madre de don Miguel de Cervantes encontraría editor para el “Quijote”.

(1) Anagrama, en realidad, ha ido decayendo por culpa de la crítica. La enorme adulación a autores como Roberto Bolaño, autores que gustan más a los “expertos” que a los auténticos lectores, ha ido alejando a las grandes promesas. Michal Chabon, por ejemplo, comenzó en España con Anagrama para pasar enseguida a Mondadori. Anagrama vendió su alma a la dictadura “cultureta” y perdió su poder de convocatoria.

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