‘Buried’ y ‘Machete’

Nada tan contradictorio como el cine. Aunque en cada película trabajen numerosas personas –especialmente importantes son actores, guionista, músico, montador y directores artístico y de fotografía–, la buena labor del director y los productores resulta absolutamente necesaria para que el resultado final sea satisfactorio. Lo curioso es que, pese al trabajo en equipo, una película a menudo trasluce a las mil maravillas la personalidad del realizador. De ahí esa vieja mentira europea del “cine de autor”.

El pasado viernes se estrenaron dos películas de buen trabajo conjunto a las órdenes de un director de enorme personalidad y otro con un esperanzador futuro. El primero, Robert Rodriguez, al que injustamente se coloca a la sombra del menos talentoso Quentin Tarantino. El segundo, Rodrigo Cortés, un español destinado a dar el salto a Hollywood antes de haber hecho carrera en su país natal.

El primer largometraje de Cortés es completamente novedoso. “Buried (enterrado)” cuenta, durante hora y media, la aventura de un hombre encerrado en un ataúd. Con un mechero, un teléfono móvil y otros pocos artefactos –decir más sería fastidiar el filme–, resulta increíble que un argumento así no termine aburriendo. Aparte de la maestría del guión, firmado por Chris Sparling, el director ha sabido combinar a la perfección todos los elementos de una producción de sólo tres millones de dólares para crear un vehículo brillante y entretenido, excepcional en su propuesta y acabado.

Con la espléndida labor de Ryan Reynolds como único actor que sale en pantalla, unos buenos diálogos que nos cuentan paulatinamente qué demonios ha pasado, una fotografía prodigiosa realzada por los impecables montaje y banda sonora, y gracias a un par de trucos efectivos que realzan la evidente tensión dramática de la premisa argumental –¿Se salvará el protagonista?–, “Buried” demuestra que con talento se puede hacer casi cualquier cosa. Sólo hay que esperar que Cortés, cuando cuente con más medios, sea capaz de seguir haciendo cine interesante.

“Machete” es la nueva gamberrada con la que Robert Rodriguez consigue retornar a los niveles de “Abierto hasta el amanecer”. Con una conseguida estética a “Los Ángeles de Charlie”, un guión lleno de violencia truculenta e inopinadamente cómica, un ritmo trepidante y gran corrección narrativa, cuenta la historia de un héroe –mezcla de Jason Voorhees y un Hulk artrítico, interpretado por el torpón y siniestro Danny Trejo– que busca y encuentra venganza en un mar de sangre y erotismo encarnado en los cuerpos y rostros de Jessica Alba y Michelle Rodriguez.

Cine como “Machete” no se ve a menudo. A pesar de su evidente potencial comercial. Y es que hacer algo tan cutre y a la vez tan bien hecho, con unos gags memorables –inmejorable la comparación entra “Habanos” y “Mexicanos”– y una demoledora crítica de fondo cuando parece que todo ha sido improvisado de mala manera, no resulta tan fácil como parece. Sólo alguien como Rodriguez, aquí codirector junto a Ethan Maniquis, puede llevar a buen puerto un proyecto tan ambicioso en sus ansias por parecer barato, canallesco, de serie B.

“Buried” y “Machete”, cada una en su terreno, son dos películas de enorme corrección y muy recomendables. La primera sólo se hace pesada durante diez minutos pero es un alarde narrativo a partir de lo que parecía un imposible cinematográfico: una historia que no sale de un cajón de madera a no ser por llamadas teléfonicas, un ejemplo de lo que pueden hacer la imagen y los buenos diálogos. La segunda es un despropósito lleno de buenos propósitos, una invitación a carcajearse de la violencia más explícita y burlarse de nuestros problemas más reales, un producto puro de Robert Rodriguez que mezcla todos los géneros en plan película cutre de acción de los peores años 70. Con películas como estas habría más público en las salas. No son obras maestras, pero compensan el precio de la entrada.

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